17 de agosto de 1962. Un año después de construido, cruzar un muro era una sentencia de Muerte

En agosto de 1961, un joven saltó hacia la libertad. En agosto de 1962, otro joven cayó ante las balas. Entre un salto y una caída, el Muro de Berlín pasó de ser una frontera a convertirse en un paredón.

El 17 de agosto de 1962, Peter Fechter, de 18 años, corrió hacia el muro junto a su amigo Helmut Kulbeik. Soñaban con alcanzar Berlín Oeste, como lo había hecho Conrad Schumann un año antes. Kulbeik logró cruzar. Fechter no.

Las balas de los guardias del Este lo alcanzaron antes de llegar a la cima. Herido en la cadera y el abdomen, cayó en la franja de la muerte, a pocos metros del muro, a la vista de soldados y civiles de ambos lados. Nadie lo auxilió. Las órdenes eran claras: quien intentara acercarse, moría. Durante casi una hora, Fechter agonizó bajo el sol, gritando de dolor, hasta que su voz se apagó.

Su muerte fue fotografiada, filmada y transmitida al mundo. No fue el primero ni el último en morir en el muro, pero su agonía pública convirtió la frontera en un símbolo de crueldad.

La imagen de Schumann saltando hacia la libertad quedó como un recuerdo lejano; la de Fechter muriendo en soledad se convirtió en la nueva realidad.

En 1962, un joven muere cruzando un muro para buscar libertad. Más de sesenta años después, otros cruzan, no un muro, sino una valla que delimita una frontera permeable, sin previo aviso, pero con rifles, bombas y odio—no para escapar, sino para destruir, violar, secuestrar y sembrar el terror.

Los muros o vallas dejaron de ser paredón para convertirse en vía de violencia despiadada

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