El mensaje original de Mahoma no prohíbe la paz con los no musulmanes. Pero el mensaje de Hamas sí.
Durante siglos, el islam convivió con imperios, reinos y pueblos de otras religiones. Mahoma firmó pactos con sus adversarios. El Tratado de Hudaybiyyah es prueba histórica de que la paz con quienes no comparten la fe no solo fue posible, sino practicada.
El Corán incluso lo ordena con claridad: “Y si se inclinan a la paz, inclínate tú también y confía en Dios” (8:61).
Sin embargo, en la Gaza actual, Hamas predica otra cosa. No porque así lo diga el islam original, sino porque su proyecto político —militar y religioso— no admite paz con Israel ni con Occidente. Su ideología no es teológica: es revolucionaria, militante y absoluta.
Para Hamas, la tregua es solo una herramienta táctica; la guerra, el estado natural.
La diferencia no es religiosa, es estratégica, Mahoma firmaba tratados para asegurar la supervivencia de su comunidad y consolidar su poder sin derramamiento innecesario de sangre. Hamas rompe o distorsiona tratados para perpetuar su poder a través del conflicto. Mahoma pactó con sus enemigos. Hamas los demoniza hasta negarles humanidad.
Por eso, quienes esperan un “acuerdo de paz” con Hamas ignoran deliberadamente lo que Hamas dice de sí mismo: no busca fronteras, busca desapariciones; no busca coexistencia, busca imposición.
No es que la paz con el islam sea imposible. Es que la paz con Hamas es estructuralmente inviable. Porque cuando la guerra no es un medio, sino un fin ideológico, toda tregua es solo el silencio entre dos ofensivas.
Mientras en las mesas diplomáticas se habla de “negociaciones de paz”, Hamas habla de “resistencia eterna”. Y no hay tratado posible con quien considera que firmar la paz es traicionar su causa.
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