Acuerdo de paz en Gaza, otro pacto de Múnich

Acuerdo de paz en Gaza, otro pacto de Múnich

En 1938, el Acuerdo de Múnich fue vendido al mundo como la gran solución diplomática para evitar otra guerra. Se le entregaron los Sudetes a Alemania Nazi con la ingenua promesa de que Adolf Hitler se detendría ahí.

Lo que vino después fue una de las tragedias más brutales del siglo XX.

Hoy, cuando se habla de un “acuerdo de paz” en Gaza, la sombra de Múnich vuelve a proyectarse sobre el tablero internacional. Si la fórmula es congelar el conflicto sin desmantelar la estructura de poder de Hamás, lo que se negocia no es paz, sino una tregua que legitima a un grupo que jamás ha reconocido el derecho de Israel a existir.

Un pacto de este tipo enviaría un mensaje inequívoco, que la violencia paga, que las masacres tienen premio político y que basta resistir el tiempo suficiente para que la presión internacional fuerce concesiones. Eso no es diplomacia, es rendición con moño.

La complacencia no pacifica, aplaza la guerra y fortalece al enemigo. Hamás lo sabe. Irán lo sabe. Hezbolá lo sabe. Los únicos que parecen no entenderlo son las cancillerías que confunden paz con debilidad y diplomacia con miedo.

En 1938, los aplausos en las cumbres europeas duraron poco. Lo que siguió fue fuego y sangre. Si el mundo repite ese error en Gaza, no será por falta de advertencias, sino por cobardía política. Múnich no fue un accidente histórico, fue una decisión. Y toda decisión tiene consecuencias.

Esperemos que esta vez la historia no se repita, que las lecciones del pasado sirvan para construir una paz real y duradera, una que no nazca de la rendición sino de la firmeza, y que este acuerdo no termine recordando aquel pacto que abrió la puerta a la guerra.

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