Tres Estados para dos pueblos

Tres Estados para dos pueblos

Durante décadas la llamada solución de dos Estados ha sido presentada como el horizonte inevitable para el conflicto palestino israelí, un Estado judío y un Estado palestino coexistiendo en paz y con fronteras reconocidas. Hoy no hay dos actores, sino tres.

Israel es un Estado soberano, consolidado, con fronteras reconocidas y un poder político, militar y económico indiscutible. A su lado se extienden Cisjordania y Gaza, dos territorios palestinos que comparten bandera pero no gobierno, ni ejército, ni visión común. Cisjordania está bajo la administración de la Autoridad Nacional Palestina, dependiente de acuerdos con Israel y de la ayuda internacional para sostener su precario control. Gaza en cambio está bajo el dominio absoluto de Hamás desde 2007, un enclave gobernado por una milicia islamista que no reconoce la existencia de Israel y que actúa como un poder paralelo al de la Autoridad Palestina.

Así se configura una paradoja geopolítica, el mundo insiste en hablar de dos Estados mientras sobre el terreno ya existen tres entidades políticas claramente diferenciadas. Un Estado israelí, un cuasi Estado palestino en Cisjordania y un enclave en Gaza que funciona como Estado de facto aunque no sea reconocido internacionalmente.

La comunidad internacional evita admitirlo abiertamente, porque reconocer un tercer Estado equivaldría a legitimar a Hamás. Por eso se mantiene el discurso formal de “dos Estados”, aunque la fragmentación interna palestina haga cada vez más improbable la creación de uno solo unificado.

El gran obstáculo para cualquier acuerdo futuro no es solo la relación entre israelíes y palestinos, sino entre los propios palestinos. Antes de hablar de paz entre dos pueblos, hay que hablar de poder entre tres actores, Israelies, Palestinos y Gazaties.

Y mientras esta fractura interna se mantenga, la solución de dos Estados no es más que una fórmula congelada en el tiempo, un eslogan diplomático que choca de frente con la realidad.

Aunque formalmente nadie quiere admitirlo, los movimientos diplomáticos empiezan a revelar lo que la retórica intenta ocultar. El reciente Acuerdo de Sharm el-Sheij no habla abiertamente de tres Estados, pero sí deja entrever esa posibilidad. Al abrir espacios diferenciados de negociación para Gaza y Cisjordania, y al reconocer en los hechos que se trata de dos interlocutores palestinos distintos, el propio proceso de “paz” parece asumir que la unidad política palestina es hoy más una aspiración que una realidad. No se trata de reconocer formalmente tres Estados, sino de entender que el tablero geopolítico ya se mueve como si existieran.

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