Dos realidades distintas, un mismo patrón

A primera vista, Irán y Venezuela podrían parecer mundos opuestos: uno es una república islámica de Oriente Medio, y el otro un país latinoamericano de mayoría cristiana. Pero cuando se mira más allá de las diferencias culturales y religiosas, surgen similitudes sorprendentes, especialmente en lo político, geopolítico y social.

Tanto en Irán como en Venezuela, los actuales gobernantes lideran estructuras de poder altamente centralizadas, con una fuerte concentración de autoridad en figuras individuales. En Irán, el control recae en el Líder Supremo, una figura religiosa con dominio absoluto sobre el aparato del Estado. En Venezuela, el poder se ha consolidado alrededor de la presidencia, con instituciones debilitadas y un sistema político diseñado para preservar el control. Aunque en ambos países se celebran elecciones, estas han sido duramente cuestionadas por la comunidad internacional debido a la falta de condiciones democráticas, la persecución de la oposición y el uso del aparato estatal para sostener el poder.

La limitada apertura política y el papel activo de las fuerzas armadas en la gestión del país son rasgos comunes. En Irán, la Guardia Revolucionaria no solo cumple funciones de seguridad, sino también de influencia económica y política. En Venezuela, el sector militar ha ganado protagonismo en áreas clave como la administración del petróleo, la seguridad interna y la distribución de bienes.

En el plano internacional, solo los gobernantes actuales comparten una visión crítica hacia la hegemonía occidental, particularmente la influencia de Estados Unidos. Han sido objeto de sanciones económicas severas y presiones diplomáticas que han profundizado sus crisis internas. Estas sanciones han llevado a Irán y Venezuela a buscar alianzas estratégicas con actores como Rusia, China y entre ellos mismos, y a implementar mecanismos para sortear las restricciones, incluyendo el fortalecimiento de redes paralelas e ilícitas que financian y sostienen sus regímenes.

En ese mismo contexto internacional, ambos gobiernos han mostrado una postura alineada en conflictos globales estratégicos, especialmente en la guerra entre Rusia y Ucrania. Tanto Irán como Venezuela han respaldado abiertamente a Moscú, ya sea en foros internacionales o mediante cooperación directa. Irán ha suministrado drones y tecnología militar a Rusia, mientras que Venezuela ha ofrecido apoyo político y retórico, posicionándose como aliado frente a lo que ambos describen como una expansión agresiva de Occidente. Esta alineación con Rusia no solo refuerza su narrativa antiestadounidense, sino que también evidencia un eje político informal que desafía el orden internacional liderado por potencias occidentales.

Otro punto de contacto entre estos gobernantes es el uso de economías ilícitas como mecanismo de financiamiento alternativo frente a las sanciones internacionales. En Venezuela, altos mandos militares han sido señalados por su presunta participación en redes de narcotráfico —conocidas como el “Cartel de los Soles”—, mientras que grupos como el Tren de Aragua también formarían parte de esas cadenas criminales transnacionales. En el caso de Irán, su aliado Hezbollah ha sido vinculado al tráfico de drogas y al lavado de dinero en América Latina, África y Europa, operando como una red de financiamiento extraterritorial con apoyo logístico y político desde Teherán. Así, en ambos contextos, el narcotráfico no solo representa una vía de subsistencia económica, sino también una herramienta de proyección de poder más allá de las fronteras nacionales, facilitada en parte por la presión internacional.

En este mismo tablero geopolítico, surge un paralelismo interesante entre el Tren de Aragua y grupos como Hezbollah o Hamas. Aunque no comparten ideologías ni objetivos, todos han logrado operar en múltiples territorios, ejercer control sobre zonas específicas y consolidarse en parte gracias a la permisividad o complicidad de estructuras estatales. Estos actores no estatales se convierten en instrumentos útiles para ciertos gobiernos, que los emplean para extender su influencia o desestabilizar a sus rivales sin actuar de forma directa. Así, el Tren de Aragua, aunque carente de motivación política, adquiere una dimensión geopolítica parecida a la de milicias en otros continentes.

Pese a las marcadas diferencias religiosas —el islam chiita en Irán y el cristianismo en Venezuela— y culturales —desde el idioma hasta los códigos sociales—, los pueblos de ambos países enfrentan desafíos similares: crisis económicas prolongadas, inflación, escasez de bienes esenciales, migración masiva y un ambiente de descontento social sostenido. Millones de personas han emigrado en busca de oportunidades, mientras que dentro de sus países se mantiene una tensión constante entre resistencia ciudadana y control institucional.

Irán y Venezuela no son idénticos, pero comparten dinámicas de gobernanza que privilegian la estabilidad política sobre la apertura democrática, en contextos marcados por la presión internacional y la fragilidad económica. Dos realidades distintas, un mismo patrón.

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