El West Bank —o Cisjordania— está, en realidad, al este de Israel. El nombre es una paradoja histórica, no alude a su posición respecto a Israel sino a su ubicación en la orilla occidental del río Jordán.
El término fue acuñado por Jordania tras la guerra de 1948, cuando ocupó el territorio y lo anexó como parte de su reino, para distinguirlo de su propio lado oriental, el East Bank.
Desde entonces, el nombre quedó grabado en el lenguaje diplomático, aunque la geografía cuente otra historia.
La confusión del nombre refleja la ambigüedad política del lugar. El West Bank no pertenece con claridad a ningún Estado. Jordania lo perdió en 1967, cuando Israel lo ocupó durante la Guerra de los Seis Días, y en 1988 renunció oficialmente a cualquier reclamo sobre él. Desde entonces, el territorio quedó en un limbo, administrado parcialmente por la Autoridad Nacional Palestina (ANP), controlado militarmente por Israel, y reclamado por una comunidad internacional que aún discute si Palestina existe como Estado soberano.
Los habitantes de Cisjordania son la expresión viva de ese vacío jurídico. Tienen pasaportes palestinos, pero no ciudadanía plena. Esos documentos los emite la Autoridad Palestina, pero Israel aprueba cada registro y controla quién puede entrar o salir del territorio. Los aeropuertos, las fronteras y hasta las bases de datos civiles dependen de la autorización israelí. En consecuencia, un palestino del West Bank puede tener pasaporte, pero no libertad de movimiento. Viaja como apátrida de facto, reconocido por más de cien países, pero sin un Estado que lo respalde.
En la práctica, el West Bank no es un Estado, pero tampoco es tierra de nadie. Es un territorio donde conviven tres realidades superpuestas, la autoridad local palestina, la soberanía militar israelí y la legitimidad simbólica otorgada por la ONU a un Estado palestino que aún no existe.
Esa tensión volvió a encenderse en octubre de 2025, cuando la Knesset votó —por estrecho margen de 25 a 24— una primera lectura del proyecto de ley para aplicar la soberanía israelí sobre partes del West Bank. Fue un paso preliminar, pero con un peso político enorme, una señal de que Israel no solo administra el territorio, sino que considera legítimo incorporarlo oficialmente a su mapa.
Por eso, cada intento de anexión provoca reacción mundial, no por lo que el territorio sea hoy, sino por lo que representa, el último espacio donde aún podría nacer Palestina.
El nombre “West Bank” fue una herencia semántica de Jordania, pero hoy simboliza otra cosa, el resultado de 75 años de indefinición. Un territorio que está al este de Israel, pero atrapado al oeste del tiempo.
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