Hay quienes honran a sus muertos, y quienes los usan. Esa es la diferencia entre la fe y el fanatismo

Hay quienes honran a sus muertos, y quienes los usan. Esa es la diferencia entre la fe y el fanatismo

Cada año, el 2 de noviembre, Día de los Difuntos, la fe cristiana invita a recordar a todos los seres queridos que ya no los acompañan, con respeto y oración.

Y desde esa misma mirada sobre la dignidad humana, resuena el contraste con la ley islámica, que también prohíbe profanar, mutilar o retener cuerpos, aun en tiempos de guerra.
Sin embargo, grupos como Hamas desafían abiertamente ese mandato religioso, convirtiendo la muerte en arma y los cuerpos en instrumento de presión. Lo que para la fe es memoria y compasión, para ellos se vuelve cálculo y propaganda.

El islam, como toda gran religión monoteísta, enseña que la vida y la muerte pertenecen solo a Dios.
El Corán lo afirma con sencillez y solemnidad, “De Dios venimos y a Él hemos de volver.”
Esa frase, que acompaña el luto en millones de familias musulmanas, expresa la misma reverencia que inspira el rezo cristiano por las almas. Pero en Gaza, esa verdad se desdibuja, el cuerpo se transforma en trofeo, el duelo en amenaza, y la muerte en un espectáculo político.

Hamas no actúa como un movimiento religioso, sino como una maquinaria ideológica que usa la fe como escudo y como arma. En su doctrina, el enemigo no tiene alma, y por tanto su cadáver no tiene derechos.
Es una visión que contradice no solo al islam, sino a toda noción humana de justicia. Porque quien usa el cuerpo de un muerto para negociar ha perdido la noción misma de la vida.

El Día de los Difuntos recuerda a los creyentes que la muerte no separa, sino que une en memoria.
Hamas la utiliza para separar, dividir y perpetuar el odio. Allí donde la religión busca consuelo, ellos buscan ventaja. Y en ese contraste, entre la oración y el chantaje, entre el silencio del duelo y el ruido de la violencia, se mide la distancia entre la fe auténtica y su caricatura.

Hoy, mientras millones en el mundo encienden una vela o visitan una tumba, otros mantienen cuerpos secuestrados en túneles, convertidos en rehenes incluso después de morir. Esa es la imagen más oscura del siglo XXI, muertos que no pueden descansar porque vivos sin alma los retienen como símbolo de poder.

Y frente a eso, la oración, cristiana o musulmana, vuelve a tener sentido, recordar que la muerte pertenece a Dios, no a los hombres.

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