En un mundo donde las guerras compiten por espacio en la pantalla, Sudán pierde por abandono. No porque su tragedia sea menor, sino porque no conviene verla.
Mientras Gaza llena titulares, Sudán se desangra sin testigos. No hay barcos con banderas de paz, ni activistas navegando hacia el mar Rojo. No hay flotillas con cámaras, ni discursos en la ONU retransmitidos en directo. Solo polvo, hambre y silencio.
El 26 de octubre de 2025, la ciudad de El Fasher cayó en manos de las milicias de las RSF tras un asedio interminable. Fue la última defensa de Darfur y el símbolo de un país que se derrumba sin que nadie lo mire. Más de once millones de desplazados, ciudades arrasadas, hospitales destruidos, niños que mueren sin antibióticos ni pan.
Pero nadie tuitea por ellos. Nadie transmite en vivo desde Darfur. El mundo que promete “no mirar a otro lado” ha decidido mirar hacia otro conflicto.
La diferencia no está en el sufrimiento, sino en la utilidad política del dolor. Gaza es bandera; Sudán, estadística. En Gaza, las muertes sirven para alimentar una narrativa ideológica. En Sudán, no sirven para nada.
No hay un enemigo que encaje en el relato, ni una potencia a la que acusar en televisión. Solo dos generales, dos ejércitos y un país colapsando en el vacío moral del planeta.
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