Mientras las calles del mundo se llenan de banderas, cánticos y consignas por Gaza, no hay una sola marcha por Suwayda.
Ningún mural con rostros drusos, ningún “Free Druze” en las redes, ningún hashtag que trascienda el murmullo local. Los drusos mueren, pero sin espectáculo. Y en esta era, donde la indignación necesita cámaras, morir sin audiencia equivale a no existir.
En Siria, la comunidad drusa lleva meses resistiendo ataques, ejecuciones y secuestros. Han pedido a la ONU investigar crímenes de guerra y genocidio, pero su clamor no enciende multitudes. No hay movimientos “pro-drusos” porque el drama no encaja en el guion ideológico global, no hay ocupación israelí, ni ejército americano, ni bandera revolucionaria que vender. Solo una minoría religiosa, herética para el islamismo, incómoda para el régimen y demasiado silenciosa para los titulares.
El mundo necesita villanos claros y víctimas que encajen en el molde. En Gaza, la causa palestina se alimenta de símbolos, la Nakba, Al Aqsa, el muro, y de décadas de relato político. En Suwayda, los drusos son apenas un eco, ni opresores ni mártires exportables, sino sobrevivientes de un país devorado por sus propias guerras. Su tragedia no genera eslóganes porque no promete dividendos políticos.
La ironía es brutal, los drusos no secuestran, no atacan, no convierten la fe en arma, y por eso nadie los recuerda. En el teatro de la empatía global, la virtud no moviliza. El mundo aplaude a quienes gritan, no a quienes resisten en silencio.
Quizás por eso Suwayda es hoy un espejo de la hipocresía moral que domina Occidente. No se trata de compasión, sino de conveniencia. Gaza da votos, titulares y causas. Los drusos no.
Y mientras los discursos se multiplican por los “pueblos oprimidos”, hay uno que, oprimido de verdad, ni siquiera merece pancarta.
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