Cuando hasta el nombre se convierte en campo de batalla
En Nueva York, una ciudad acostumbrada a los nombres del mundo, el apellido del nuevo alcalde ha resultado un desafío. Zohran Mamdani —nacido en Uganda, hijo de exiliados, musulmán, progresista y militante— ganó la alcaldía más emblemática de Estados Unidos. Pero su triunfo no bastó para que lo pronunciaran bien. En los titulares, en los discursos, incluso en la boca de sus adversarios, el “Mamdani” se volvió “Mandani”. Una letra cambiada, una sílaba desplazada, un mensaje involuntario, la identidad aún incomoda cuando no cabe en la fonética del poder.
No es un error menor. Es la metáfora perfecta de un país que celebra la diversidad mientras la corrige. Mamdani representa la irrupción del otro —no solo étnico, sino ideológico— en el corazón del sistema. Su nombre, difícil para algunos, refleja el costo de existir sin traducirse. Como si el precio de llegar al poder fuera aceptar una versión suavizada de uno mismo.
Su programa político suena a herejía en Wall Street, ofrece transporte gratuito, mas impuestos a los ricos, renta congelada, supermercados públicos. Pero su verdadero desafío no está en la economía, sino en la gramática del poder. Estados Unidos puede tolerar un progresista; lo que aún le cuesta aceptar es un apellido que no se domestique.
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