El 7 de noviembre de 2025, Recep Tayyip Erdoğan celebró la orden de arresto emitida por la fiscalía de Estambul contra Benjamin Netanyahu, acusándolo de genocidio y crímenes de guerra en Gaza.
Mientras condena a Israel ante el mundo, su propio país sigue sofocando minorías y negando su pasado.
Todo esto ocurre cuando Hamas aún mantiene secuestrados los cuerpos de ocho rehenes israelíes del 7 de octubre. Pero mientras lo hace, Turquía continúa ejecutando, en silencio, la represión que nunca detuvo. El 18 de febrero de 2025, la policía detuvo a más de doscientas ochenta personas en 51 provincias por presuntas vinculaciones con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK). Dos semanas después, diez autoridades locales de Estambul fueron arrestadas bajo la misma acusación.
En marzo de 2025, un clérigo aleví fue detenido en Estambul por “incitar odio y enemistad”. La comunidad aleví, que representa a millones de ciudadanos, sigue marginada y sin reconocimiento pleno. Los armenios, por su parte, continúan cargando con la negación oficial del genocidio de 1915, un tema que Ankara evita mencionar mientras acusa a otros de cometerlo.
Cada una de estas heridas revela una constante, el poder turco exige memoria selectiva. Puede llorar por Gaza, pero jamás por Diyarbakir. Puede hablar de justicia internacional, pero no admitir que sus propias cárceles están llenas de opositores y minorías. Erdoğan no ha inventado esta contradicción, solo la ha perfeccionado, convirtiendo el dolor ajeno en herramienta política y la palabra “genocidio” en un arma diplomática.
Turquía quiere juzgar al mundo mientras se absuelve a sí misma. El presidente que ahora se proclama defensor de los pueblos oprimidos gobierna un país donde la disidencia se confunde con traición y donde el silencio se impone por decreto. En 2025, el verdugo no necesita esconderse, grita “genocidio” mientras repite, en su propio patio, los gestos de la opresión
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