Thanksgiving llega este año como una ironía nacional, una celebración construida para unir a un país que hoy apenas puede hablar sin romperse.
La mesa que debía simbolizar concordia se convierte en un espejo incómodo de una sociedad fragmentada por la política, la identidad, las guerras culturales y un mundo exterior que arde. Es el día que predica gratitud, pero expone la fractura, la fiesta que nació para coser heridas en tiempos de guerra interna reaparece en medio de la mayor polarización en generaciones.
No es casual que esta celebración naciera de decretos presidenciales en momentos de tensión. Washington la proclamó para agradecer la supervivencia del nuevo experimento republicano, Lincoln la institucionalizó en plena Guerra Civil cuando la unidad era más un deseo que una realidad.
Thanksgiving nunca fue solo una comida, fue una herramienta política, un relato diseñado para recordar que incluso en el quiebre existía un centro común. Pero hoy ese relato choca contra un país que ya no comparte ni el diagnóstico ni el lenguaje para entenderse.
Lo llamativo es que esta fiesta, nacida de un contexto profundamente local, hoy se celebra en múltiples rincones del mundo, desde Latinoamérica hasta Europa, desde comunidades de expatriados hasta países que adoptaron el consumo global como un idioma universal.
Lo que comenzó como un acto político y religioso terminó convertido en un ritual cultural exportado, una tradición reinterpretada según cada sociedad. Al viajar también se diluyó, para muchos es solo la antesala del consumo masivo, un eco de la gratitud original que contrasta con la polarización y el desencanto que atraviesan no solo a un país, sino a un planeta dividido en bloques, narrativas y crisis simultáneas.
Tal vez por eso Thanksgiving conserva su relevancia, no por lo que promete sino por lo que revela. La fiesta que buscó unir ahora expone con crudeza el tamaño de la grieta global, recordando que la unidad nunca fue un punto de partida sino un objetivo frágil y siempre pendiente.
En un mundo que se reorganiza entre potencias enfrentadas, sociedades crispadas y democracias exhaustas, la gratitud parece un gesto casi revolucionario, un acto pequeño que intenta sobrevivir en medio del ruido.
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El 26 de diciembre de 1941, el presidente Franklin Delano Roosvelt firmó una proclamación conjunta con el Congreso en la que se fijó el 4to. jueves de Noviembre como la fecha Oficial de ThanksGiving. Curiosamente también durante un momento de tensión, Estados Unidos recien entraba en la Segunda Guerra Mundial después del ataque japonés a Pearl Harbour el 7 de diciembre de 1941
Los desfiles que celebran el Día de Acción de Gracias a menudo incluyen una aparición de Santa al final del desfile, con la idea de que “Santa ha llegado” o “Santa está a la vuelta de la esquina”.
Por eso lo que los estadounidenses llaman la “temporada navideña” generalmente comienza con el primer día después del Día de Acción de Gracias, el Black Friday, que marca el inicio de la temporada de compras navideñas.
La denominación Viernes Negro surgió por primera vez en 1951 y 1952 cuando la prensa hizo referencia a la práctica de muchos trabajadores que se declaran enfermos el día después del Día de Acción de Gracias para tener un fin de semana de cuatro días.
Dado que el término Black Friday era un término peyorativo, los comerciantes en 1980 inventaron un nuevo origen, y es que por lo general los comerciantes reportaban pérdidas en noviembre y sus finanzas estaban en rojo, solo a partir del Inicio de la temporada navideña sus ventas compensaban las pérdidas para terminar el año en números positivos es decir negros y ese sería el origen del término Black Friday.