Del autoritarismo a la democracia, y de la democracia a la politocracia

Del autoritarismo a la democracia, y de la democracia a la politocracia

Honduras muestra una paradoja que recorre buena parte de América, dejamos atrás los regímenes autoritarios, construimos democracias frágiles, y ahora avanzamos hacia una politocracia donde la clase política se preserva mejor que el propio Estado.

La politocracia no necesita manipular resultados, necesita algo más simple, un Estado débil, una ciudadanía cansada y una élite política que aprendió a sobrevivir a todo. En ese contexto, las elecciones dejan de ser un cambio de rumbo y se convierten en un trámite, se renuevan nombres, no lógicas.

El desgaste institucional permitió que la política se volviera una profesión estable, un espacio donde pocos entran y casi nadie sale. La polarización completó el cuadro, convirtió al adversario en amenaza y al ciudadano en espectador. Mucho ruido, poco control.

La elección reciente no redefine el país, confirma su estructura. El ciudadano vota, la clase política se acomoda. Honduras enfrenta ahora su dilema más serio, seguir administrada por una élite que se autorreproduce, o recuperar una democracia que vuelva a ser mandato y no formalidad.

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