Austria convierte Eurovisión en el Foro Romano del siglo XXI

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En la Roma antigua, el Foro no era un lugar para evaluar destrezas, sino para ejercer poder simbólico. El clamor de la multitud no medía la técnica del gladiador, sino la conveniencia del sacrificio. El individuo importaba poco, el mensaje lo era todo. Cuando Austria anuncia que no impedirá el abucheo en Eurovisión, no está defendiendo la libertad de expresión, está trasladando al escenario una lógica antigua, donde el artista deja de ser intérprete y pasa a ser emblema, y donde el público deja de escuchar para juzgar.

El problema no es el abucheo en sí, sino anunciarlo de antemano. Al anticiparlo, el gesto deja de ser pasivo y se convierte en incitación implícita. No describe una reacción espontánea, la habilita. Al mismo tiempo, al anunciar que se permitirán banderas palestinas —símbolo inequívoco de un conflicto activo—, la supuesta neutralidad se diluye. El organizador deja de ser árbitro y pasa a tomar posición, no con una consigna explícita, sino con señales. Es como si en una pelea de boxeo el árbitro anunciara antes del primer round que se permiten golpes al hombro izquierdo justo cuando uno de los boxeadores arrastra una lesión allí. No ordena atacar, pero indica dónde hacerlo.

El anuncio no es especulativo, las declaraciones oficiales de la radiodifusora ORF confirman que permitirán la presencia de banderas palestinas en la audiencia y que no censurarán ni ocultarán los abucheos, incluso durante la actuación de Israel. Lo que podría ser una reacción espontánea del público se convierte en un acto legitimado y anticipado, habilitando a la audiencia a castigar simbólicamente a un competidor sin que este tenga responsabilidad alguna sobre el conflicto.

Eurovisión, un evento que históricamente ha equilibrado espectáculo y competencia, corre el riesgo de transformarse en un Foro Romano moderno, donde el público actúa como tribunal moral y los artistas se convierten en símbolos de conflictos ajenos a su desempeño. La música y el talento quedan subordinados a la política, y la neutralidad, que debería ser la base del concurso, se diluye ante la presión de la narrativa internacional.

Si el objetivo era resguardar la libertad de expresión, la forma de comunicarlo debería haber protegido al intérprete y al evento, y no convertirlos en instrumentos de mensajes políticos. Lo que Austria ha hecho es, en efecto, abrir las puertas a la política en el escenario, un acto que, por muy “neutral” que se quiera presentar, tendrá consecuencias, con artistas juzgados por la bandera que llevan, no por su voz, y un público que decide destinos simbólicos mientras la competencia pierde su verdadero sentido. Cuando el escenario deja de medir talento y mide símbolos, la música deja de ser arte y se convierte en foro.

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3 comentarios

  1. Como siempre acertado. La verdad convertida en un llamado erroneo. De verdad que fin de Mundo. Me cuesta entender quienes y que les pasa por la cabeza a los nuevos Directores de los medios. alimentado odios! Y lo peor, la gente aplaude.
    ME asombra los complejos existentes y resentimientos, que conlleva a este tipo de decisiones. Fin de Mundo my friend! Fin de Mundo

  2. Si Austria hubiese querido mantenerse neutral y no politizar el evento, debió haber dicho “se permitirán las banderas de los paises participantes”, pero al mencionar específicamente palestina, aparte de romper la neutralidad siembra una duda, la bandera de Israel estará permitida?

    No es de sorprender que Austria se adapte al concepto de antisemitismo de Paul Johnson “El antisemitismo es una enfermedad intelectual, hereditaria, infecciosa e incurable”

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