Hasta dónde llega la libertad de expresión: una reflexión tras Glastonbury

People sreaming in concert

Cuando la denuncia política se convierte en un arma de exclusión, el discurso pierde su legitimidad ética.

El 28 de junio, durante una presentación en el festival de Glastonbury, el dúo londinense Bob Vylan lideró al público en un canto que ha generado una fuerte controversia: “Death to the IDF”, dirigido explícitamente a las Fuerzas de Defensa de Israel. El acto fue transmitido en vivo por la BBC, lo que reavivó el debate sobre los límites del discurso político en espacios culturales y públicos.

La libertad de expresión es un pilar fundamental de toda sociedad democrática. Permite el disenso, la crítica y la denuncia, incluso cuando estas incomodan o desafían las narrativas dominantes. Sin embargo, no todo lo que se dice desde una tarima entra automáticamente en ese marco. Hay expresiones que, aunque formuladas en clave política, cargan con una violencia simbólica que merece atención. El llamado a la muerte, incluso si se dirige a una institución estatal, puede convertirse en una invitación peligrosa a la normalización de la violencia como forma legítima de oposición.

Este tipo de declaraciones no ocurren en el vacío. Se insertan en contextos complejos, donde las palabras tienen efectos concretos y las fronteras entre la crítica y la incitación pueden volverse difusas. Resulta aún más significativo que en ese escenario no se mencionara, ni siquiera de forma sutil, la situación de los rehenes aún retenidos en Gaza desde los ataques del 7 de octubre. El sufrimiento de esas personas, y el de sus familias, quedó completamente ausente del mensaje. Cuando la denuncia política omite deliberadamente ciertos hechos o víctimas, revela un sesgo que socava la integridad moral del discurso.

La reacción posterior no fue menor. La BBC recibió críticas tanto internas como externas por haber transmitido el acto sin cortar la señal. Algunos miembros del personal expresaron sentirse avergonzados por permitir que un mensaje tan cargado de violencia simbólica llegara a la audiencia sin filtros. Días antes, el director general Tim Davie había anunciado nuevas directrices para evitar la difusión de discurso de odio, pero estas no fueron aplicadas en este caso. La cadena explicó que emitió una alerta en pantalla sobre el lenguaje discriminatorio y decidió no ofrecer el video en su plataforma iPlayer para evitar su propagación, aunque para muchos esta respuesta fue insuficiente.

El episodio plantea un dilema editorial complejo: cómo equilibrar la transparencia informativa con la responsabilidad de no amplificar mensajes que pueden alimentar el odio. Además, las autoridades británicas han abierto una investigación para determinar si lo ocurrido constituye una infracción legal, y los organizadores del festival declararon estar “horrorizados”, afirmando que se cruzó una línea que no debe normalizarse.

Más allá de las consecuencias judiciales o mediáticas, el hecho expone una tensión profunda en las democracias contemporáneas: cómo sostener un espacio abierto a la crítica sin caer en la indulgencia frente a discursos que trivializan la violencia o alimentan la polarización. El arte tiene el poder de sacudir conciencias, pero también la responsabilidad de no degradar los valores que dice defender.

En un momento en que los principios de dignidad humana, justicia y libertad parecen cada vez más frágiles, es esencial no perder de vista que toda expresión pública es también un acto ético. Cuando se invoca la destrucción del otro —aunque sea simbólicamente—, se debilita el terreno común sobre el que se puede construir una sociedad libre.

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