Cuando la iconografía del odio circula sin pausa, el gesto deja de ser provocación y se convierte en lenguaje.
El domingo 29 de junio 2025, antes del partido entre All Boys y Atlanta, se repitió una escena conocida en el fútbol argentino: un ataúd cubierto con la bandera de Israel, humo negro, un dron con la bandera palestina y panfletos con mensajes antisemitas. La Policía de la Ciudad intervino, decomisó los elementos y labró actas contravencionales. No es la primera vez que ocurre algo similar entre estos equipos.
El uso del ataúd como símbolo escapa al gesto futbolero. No representa una burla común entre hinchadas; representa una imagen de muerte dirigida a una identidad específica. La bandera de Israel, colocada sobre ese objeto, junto con el humo negro que lo acompañaba, no son casualidades escénicas: configuran una iconografía cargada, reconocible, que se ha repetido con variaciones en diferentes contextos recientes.
Durante un concierto de Bob Vylan en Inglaterra, días antes, se coreó la consigna “Death to the IDF” mientras se proyectaban imágenes de bombardeos. En escena también se mostraron banderas y símbolos asociados a Israel. La estética compartida entre ambos episodios —un recital y una cancha— revela una circulación común de signos, donde el enemigo no se discute: se señala, se representa y se sentencia.
Estas expresiones, cuando se reiteran en distintos espacios públicos con lenguajes visuales similares, transforman lo político en ritual. No son hechos aislados, sino componentes de una narrativa que se normaliza con cada repetición. El símbolo es lo que queda: cargado, explícito, disponible para ser reutilizado en cualquier escenario.
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