La Paz no nace sola, Israel tiene derecho a la defensa preventiva

La “Guerra de los 12 Días” fue un conflicto armado breve pero intenso entre Israel e Irán, que tuvo lugar entre el 13 y el 24 de junio de 2025. En el ámbito de las relaciones entre naciones, la supervivencia no es una opción: es una obligación. Todo Estado tiene el deber moral de asegurar la continuidad de su pueblo, su territorio y su soberanía.

Cuando una nación es objeto de amenazas explícitas contra su existencia —y el agresor trabaja activamente para obtener medios que le permitan ejecutar esa amenaza sin temor a represalias—, la defensa preventiva deja de ser una cuestión táctica para convertirse en un principio ético.

Esperar a ser atacado cuando la aniquilación es el objetivo declarado del otro es una forma de renuncia moral. Así como en el plano individual la autodefensa es un derecho natural, en el plano colectivo es una responsabilidad histórica. La pasividad ante el peligro cierto no es prudencia: es complicidad con el destino impuesto por otros.

Y cuando este tipo de amenaza emerge, el conflicto trasciende lo bilateral. Las demás naciones ya no pueden mantenerse al margen. La gravedad del escenario obliga a los actores internacionales a fijar posición, a tomar partido, a definirse moral y estratégicamente. En tales momentos, la neutralidad deja de ser una opción moralmente válida.

Pero incluso cuando la aniquilación parece inminente, el actor con mayor poder y responsabilidad global puede —y debe— intervenir con sabiduría. No para imponer su voluntad, sino para mitigar el riesgo de que una parte destruya a la otra, preservando así las condiciones mínimas para la coexistencia.

La fuerza empleada al servicio del equilibrio no es dominación: es disuasión al borde del abismo. Es el arte de detener la caída libre hacia la guerra, devolviendo al sistema internacional la posibilidad de una paz duradera.

En un mundo donde el poder puede servir tanto a la justicia como a la destrucción, la anticipación no es agresión: es la expresión más elevada de la conciencia política. Y la intervención justa, cuando todo está por romperse, no es intromisión: es la última esperanza de paz.

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