Cuando el discurso ata al poder

No todas las palabras son simples ecos del presente.

Algunas llevan consigo el peso de la memoria colectiva, abren grietas en la historia y despiertan sombras que creíamos dormidas.

Decir que “El pueblo judío ya no es el pueblo elegido de Dios, es la humanidad el pueblo elegido de Dios” no es solo una opinión religiosa. Rechazar ese símbolo sagrado para millones toca fibras profundas, donde lo espiritual y lo político se entrelazan en un delicado equilibrio.

Para entender mejor esta afirmación, es importante aclarar que en la Torá no se dice que Dios eligió a los “judíos” como pueblo, sino a Israel, descendientes de Jacob (también llamado Israel). Los “judíos” son específicamente descendientes de Judá, uno de los doce hijos de Jacob, y representan solo una parte del pueblo de Israel.

Esta elección no implica superioridad ni favoritismo. Se trata de un pacto que asigna una responsabilidad: Israel fue elegido para recibir y preservar la Torá, ser un ejemplo moral y espiritual para el mundo, y difundir el monoteísmo y valores de justicia a toda la humanidad. A su vez, la Torá advierte sobre las consecuencias de desobedecer ese pacto.

Afirmar que “quienes creen que son el pueblo elegido y que son superiores a los demás conducen a masacres de otros pueblos” es una sentencia que evoca viejas acusaciones de superioridad y castigo, un eco de juicios que han marcado la historia con dolor.

Sostener que “el sionismo internacional controla los medios” es abrir la puerta a teorías que han sido usadas para justificar el odio y la desconfianza hacia una comunidad entera.

Decir que “el Holocausto fue solo un entrenamiento para lo que verdaderamente iba a pasar en Gaza” no solo banaliza uno de los genocidios más atroces de la humanidad, sino que también aviva heridas que aún duelen profundamente.

Y cuando, desde un lugar de poder, estas palabras se pronuncian, crean un ambiente donde la comunidad judía se siente señalada, vulnerable, incluso amenazada.

Las palabras no son solo sonidos. Son puentes o muros, semillas o espinas. Y cuando nacen en labios con poder, su alcance se multiplica y su eco se prolonga.

No siempre es necesario nombrar el daño para que este exista. A veces basta con abrir una rendija en la historia para que el viento arrastre viejas heridas, silenciosas pero profundas.

La verdadera responsabilidad está en escuchar no solo lo que se dice, sino también lo que se despierta.

Definición de antisemitismo (según la Alianza Internacional para el Recuerdo del Holocausto – IHRA):

“El antisemitismo es una percepción sobre los judíos que puede expresarse como odio hacia ellos. Incluye manifestaciones retóricas y físicas dirigidas contra individuos judíos, sus propiedades, instituciones o lugares de culto. También puede incluir ataques contra el Estado de Israel cuando se lo considera como una colectividad judía.”

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