Visita del primer ministro de Israel al presidente de Estados Unidos para conversar sobre una negociación que, desde hace más de seiscientos días, repite el mismo libreto con la esperanza de llegar a algún desenlace.
A veces se negocia sin intención real de alcanzar un acuerdo. No porque se descarte la posibilidad de paz, sino porque, en ciertos momentos, lo urgente no es resolver, sino ganar tiempo. Tiempo para reacomodar fuerzas, para resistir un poco más, para ver si el otro se desgasta primero. Desde afuera, todo parece avanzar: declaraciones, encuentros, gestos. Pero detrás de esa escenografía, lo que se construye es una pausa cuidadosamente calculada. No es un descanso, es una táctica. Una manera de seguir presentes cuando ya no se tiene demasiado que ofrecer.
Ese patrón se repite. No una, ni dos veces. Más de seiscientos días con la misma secuencia: se abre una posibilidad, se habla de voluntad, se anuncian gestos, se siembran expectativas. Y luego vienen, una y otra vez, el silencio, la espera, la excusa. La negociación no se convierte en puente, sino en círculo. Una escena sostenida que no conduce a ningún lugar, pero permite a quienes la protagonizan mantenerse en pie.
Y no es que la otra parte no lo entienda. Lo ve con claridad. Sabe que las palabras se dicen para llenar el tiempo, no para resolver. Pero tampoco puede cortar el diálogo sin más. Tiene la ventaja, pero no la libertad de actuar como si todo estuviera resuelto. Entonces participa del mismo juego, con paciencia medida, esperando su momento, mientras simula estar en busca de una solución.
Del otro lado, donde la realidad pesa más, la negociación se usa para otra cosa. No se vive como un paso hacia la vida, sino como una herramienta más en una lucha que no ha terminado. Una lucha que, en el fondo, no busca convivir, sino borrar. Y en ese camino, todo sirve. Incluso mantener a seres humanos como piezas. Como fichas. Como herramienta. Y aunque la escena es visible, el mundo calla.
No se trata ya de avanzar, sino de sostenerse. Las palabras no se usan como compromiso, sino como defensa. Los gestos no buscan cerrar nada, sino prolongar lo mismo. Y mientras tanto, quienes están del otro lado siguen esperando algo que probablemente no llegará: una señal concreta, una salida verdadera, un mínimo de certeza. Pero eso no pasa. Porque el objetivo no es resolver. Es resistir. Y en esa resistencia, hablar sin decidir puede ser más útil que callar con honestidad.
Al final, no hay ruptura. Solo una repetición que se volvió costumbre. Un proceso que gira sobre sí mismo, sin urgencia, sin culpa, con la apariencia de movimiento. Con la esperanza de estar acercándose a algo. Aunque todos, muy en el fondo, sepan que no es así.
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