Brasil rompe con la memoria

El gobierno de Lula decide salir de la Alianza Internacional para la Memoria del Holocausto. El gesto no reescribe la historia, pero sí altera la forma en que se la recuerda.

Brasil se aparta de la IHRA, un foro creado en 1998 por Suecia, Alemania y Estados Unidos para mantener vivo el consenso de que la Shoá no puede olvidarse ni relativizarse. Desde entonces, la alianza creció hasta contar con 35 países miembros plenos, entre ellos Alemania, Argentina, Australia, Bélgica, Canadá, España, Estados Unidos, Francia, Israel, Italia, Polonia, Reino Unido y Suecia, además de otros que participan como observadores, incluyendo hasta 2025 a Brasil. Nada lo obligaba a quedarse. Pero estar dentro enviaba un mensaje claro: la memoria colectiva importa más que la coyuntura política.

El 23 de julio de 2025, Itamaraty confirmó la salida sin dar explicaciones. No hay negacionismo ni revisionismo abierto, ni fanáticos quemando archivos. Solo un portazo discreto. El resultado es elocuente: se rompe un puente que ningún otro Estado había abandonado. Ni siquiera países con tensiones abiertas sobre la narrativa del Holocausto, como Polonia o Hungría, se atrevieron a irse.

Recordar la Shoá no es un asunto exclusivo de Europa ni de las comunidades judías. Es una línea roja moral: hacerlo es reconocer que la barbarie organizada puede regresar si se olvida. Por eso la IHRA existe: no persigue ni impone dogmas. Coordina, conecta, preserva. Salir de esa red dice más de un gobierno que mil discursos grandilocuentes sobre derechos humanos.

Muchos dirán que nada cambia: que Brasil seguirá enseñando la historia, que Auschwitz no desaparecerá de los libros. Tal vez. Pero es inevitable preguntarse por qué retirarse de algo que solo aporta legitimidad moral. Qué se gana. O a quién se quiere complacer.

Tomar esta decisión en medio de conflictos abiertos como la guerra en Israel y Palestina, la invasión a Ucrania y tensiones políticas en Venezuela solo añade ruido a un contexto ya convulso. En lugar de fortalecer valores y consensos, Brasil da un paso atrás.

Pertenecer a la IHRA tiene beneficios concretos: representa un compromiso ético internacional para preservar la memoria del Holocausto y combatir el antisemitismo. Es un foro de cooperación donde se comparten buenas prácticas educativas y políticas públicas, fortaleciendo las acciones nacionales contra el odio y el revisionismo histórico. Además, contribuye a mejorar la imagen y credibilidad internacional de los países miembros, especialmente ante naciones que priorizan la defensa de los derechos humanos y la memoria histórica.

En definitiva, el contexto global y regional hace que esta salida resulte inoportuna y preocupante para quienes valoran la memoria histórica como herramienta contra la repetición de la barbarie.

Para muchos, no es más que una señal política, no una simple medida administrativa. Habla a ciertos públicos —internos y externos—, muestra la voluntad de marcar distancia de Israel en medio de Gaza, relativiza consensos “occidentales” y aprovecha la distracción global para deslizar, casi sin ruido, una salida que, para la mayoría de los brasileños, pasa desapercibida.

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