¿Puede la violencia y el secuestro masivo producir dividendos políticos tangibles como lo plantea el PM Starmer?

El terrorismo y el chantaje dan réditos políticos internacionales.

La reciente declaración del primer ministro británico, Keir Starmer, ha devuelto a la primera plana una pregunta incómoda: ¿puede la violencia y el secuestro masivo convertirse en una herramienta eficaz para forzar decisiones diplomáticas de alto nivel?

La forma en que se desarrolla la crisis de Gaza sugiere que, por crudo que resulte admitirlo, la respuesta es afirmativa.

En términos diplomáticos, la posición del Reino Unido no es nueva.

Desde los Acuerdos de Oslo, Londres respalda la solución de dos Estados y ha dejado siempre abierta la puerta para reconocer oficialmente a Palestina como Estado soberano.

Lo inédito hoy es la forma en que se instrumentaliza ese reconocimiento: “Si Israel no detiene la crisis humanitaria en Gaza, no permite la entrada sin trabas de ayuda y no muestra avances hacia una paz negociada, el Reino Unido dará el paso de reconocer a Palestina”, advierte Downing Street.

La hoja de ruta incluye alto el fuego, fin de anexiones y compromisos claros.

Nada de eso es irracional en abstracto.

El problema es el momento.

Hoy, mientras se discuten estas condiciones, decenas de rehenes israelíes siguen cautivos en Gaza. Algunos están vivos, otros convertidos en cadáveres que también se canjean.

Para Hamas, cada rehén es una palanca de presión. Para Israel, un deber nacional de rescate. Para Europa, un factor incómodo entre la indignación moral, el deseo de evitar más muertes y la necesidad de mostrar liderazgo diplomático.

En la práctica, el mensaje que se filtra es inquietante: la retención de rehenes prolonga la guerra, agrava la catástrofe humanitaria y dispara la presión internacional para obligar a Israel a frenar su ofensiva. Esa presión, a su vez, activa decisiones políticas como el reconocimiento unilateral de Palestina, aunque Hamas no suelte a los rehenes ni deponga las armas.

El resultado es un incentivo perverso: secuestrar y resistir funciona.

El cálculo de Hamas es brutal y simple: cada rehén vivo es un salvoconducto, cada niño muerto bajo bombardeos refuerza la narrativa del mártir.

Cada declaración de Europa que amenaza con castigar diplomáticamente a Israel por intentar rescatar a su gente valida, aunque sea de forma indirecta, la estrategia del chantaje.

La ecuación es clara: el terrorismo paga.

Las víctimas son siempre las mismas: los civiles atrapados entre dos fuegos.

Las familias israelíes que siguen esperando noticias.

Los gazatíes sacrificados como escudos humanos. Y la esperanza de que la diplomacia, alguna vez, pueda imponerse a la brutalidad.

Reconocer a Palestina puede ser legítimo y justo.

Pero cuando se hace mientras los rehenes siguen encadenados, sin exigir a Hamas que responda por su secuestro masivo, se confirma una verdad incómoda: el terror, en 2025, sigue dando réditos políticos internacionales.

Recordemos las palabras de Winston Churchill en su hora más oscura; “No puedes ni debes negociar con un tigre cuando tienes tu cabeza en su boca.”

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1 comentario

  1. A todos los países se les permite combatir el terrorismo, menos a Israel. Otra vez estamos frente al doble rasero

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