La violencia paga; el boomerang que Hamas, Macron y Starmer ya lanzaron

Hamás. Macron y Starmer

El 7 de octubre no solo cambió la frontera de Gaza. Cambió el precio del chantaje político internacional.

Ese día, Hamas atravesó la verja más vigilada del mundo y abrió una herida que aún sangra: miles de muertos, 250 rehenes, ciudades arrasadas y una diplomacia europea de rodillas. Hoy, mientras Israel sigue intentando sofocar los túneles y las trincheras, el cálculo frío de Hamas da frutos. La violencia masiva funciona.

No es retórica. Es política.

Francia, bajo Macron, resucita la promesa del “Estado palestino”, esa ficción diplomática que hibernaba desde Oslo y que ni la Autoridad Nacional Palestina supo rescatar. Reino Unido, con Starmer recién instalado en Downing Street, se suma a la coreografía. Condena excesos israelíes, matiza condenas a Hamas y promete que la “solución de dos Estados” vuelve a estar sobre la mesa.

¿Resultado? Para Hamas, es una medalla colgada a su narrativa:

“La resistencia armada logró lo que décadas de moderación no pudieron”.

Cada rehén retenido —ahora moneda de cambio— vale más que cualquier negociación humanitaria sin garantías. ¿Por qué liberar algo que te da reconocimiento y presión global gratuita?

La propuesta de Witkoff, plan privado que se filtró a finales de julio, era la típica fórmula: liberar algunos rehenes a cambio de pausas humanitarias. Hamas la rechazó. Lo hizo en mayo y lo volvió a hacer en agosto. La respuesta fue casi un calco: sin alto el fuego total, sin retirada israelí y sin garantes internacionales, no hay trato.

Y mientras tanto, Macron y Starmer, sin disparar un solo misil, le entregaron a Hamas lo único que querían: prueba de que el 7 de octubre funciona. De que, a veces, tener la cabeza de alguien bajo la bota sí compra dividendos diplomáticos.

Pero la historia enseña que el terror como argumento siempre es un arma de doble filo. A corto plazo, Hamas suma puntos en su propaganda, resistencia invicta. A mediano plazo, la población que aún sobrevive en ruinas verá que la “victoria” es solo humo, sin retirada israelí ni reconstrucción real. A largo plazo, Occidente ajustará cuentas internas, creará más leyes antiterroristas, más vigilancia, menos romanticismo diplomático para causas que premian la violencia.

El boomerang ya está en el aire. Volverá, cortará manos y cabezas. Quizá la de Hamas, quizá la de los europeos que confundieron concesiones con soluciones.

Porque, como advirtió Churchill

“No puedes negociar con un tigre cuando tu cabeza está en su boca.” Y en Gaza, ese tigre aún muerde.

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