El agua que une y la mano de Netanyahu que se ofrece

En un Medio Oriente donde las palabras suelen ser más afiladas que el acero, hoy, 12 de agosto de 2025, Netanyahu ha sorprendido con un gesto que, según se mire, es acto de humanidad o cálculo político; ofrecer ayuda al pueblo iraní para superar su crisis de agua, siempre y cuando sus líderes dejen de interponerse.

En Teherán, el termómetro roza los 50 °C y los embalses están al borde del colapso.

Ciudades enteras sobreviven con racionamientos, mientras el subsuelo se hunde por la sobreexplotación de acuíferos. Y, sin embargo, desde hace décadas, buena parte de la retórica oficial iraní está concentrada en una sola obsesión, la destrucción del Estado de Israel.

Netanyahu se dirigió directamente al pueblo iraní para decirles:

“Su régimen los condena a la sed. Nosotros podemos ayudarlos, cuando ellos ya no sean el obstáculo”.

El mensaje es simple, mientras una nación pide la aniquilación de otra, esta otra ofrece su tecnología para salvarles la vida… con la condición de que cambien a quienes los gobiernan.

No es la primera vez.

En 2018, el mismo Netanyahu ofreció en video abrir el conocimiento israelí en reciclaje de aguas residuales y riego por goteo a los iraníes, creando incluso un portal en persa.

El régimen rechazó el gesto, pero las redes sociales iraníes se llenaron de comentarios agradecidos y curiosos.

Ahora, la historia se repite, pero con un agravante: la crisis hídrica en Irán está peor que nunca, y el deterioro de la vida cotidiana amenaza con convertirse en crisis social y política.

El ofrecimiento de hoy es un recordatorio de que en el tablero de Oriente Medio, la imagen del enemigo no siempre resiste la comparación con la realidad.

A veces, la línea entre la hostilidad y la cooperación no la trazan los pueblos, sino los regímenes que hablan en su nombre.

En un mundo cada vez más sediento, quizás la ironía más grande sea esta, que el agua, ese recurso universal que debería unir, siga siendo rehén de ideologías que prefieren verla evaporarse antes que tender un puente. Y en este contexto, la paradoja es evidente: uno de estos pueblos se asienta sobre vastas reservas de petróleo, el otro sobre un dominio tecnológico del agua.

Sin embargo, lo que sobra a uno no calma la sed del otro, y lo que domina el otro no enciende la luz del primero.

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