El secretario de Estado vaticano, el cardenal italiano Pietro Parolin, aseguró que están “atónitos” por lo que está sucediendo en Gaza “a pesar de la condena mundial”, en unas declaraciones realizadas al margen de un acto en Nápoles.
La frase parece inofensiva, casi pastoral, pero encierra el núcleo de una crítica política más profunda. El Vaticano, como tantas veces, no acusa directamente a ninguna de las partes: evita señalar con nombre propio a Israel o a Hamas. Sin embargo, su mensaje cae con más peso sobre el Estado que ostenta el poder militar —Israel— que sobre el grupo ya condenado como terrorista —Hamas—.
El lenguaje de Parolin se inscribe en la tradición de la “diplomacia moral”: frases solemnes, cargadas de indignación ética, que buscan despertar conciencia global sin alterar el equilibrio diplomático. Pero el resultado práctico es otro, condena verbal sin consecuencias reales. Gaza sigue bajo fuego, Israel continúa con su estrategia militar, Hamas persiste en usar rehenes y civiles como escudos, y la comunidad internacional se contenta con pronunciarse “atónita”.
En la práctica, estas posturas no salvan vidas ni liberan rehenes: solo inflan la hipocresía global. Funcionan como un espejo moral que consuela conciencias en Roma, Bruselas o Nueva York, pero no cambian un gramo de realidad en el terreno. La paradoja es brutal: al pretender ser neutrales, estos mensajes terminan golpeando con mayor fuerza a quien puede ser presionado —Israel— mientras liberan de exigencia política al que ya no se espera nada —Hamas—.
La diplomacia moral del Vaticano, como la de la ONU o la Unión Europea, opera más como placebo que como fuerza transformadora. Es un recurso retórico para no quedar en silencio, pero incapaz de detener tanques, derribar túneles o abrir una salida política real. En el tablero geopolítico, las condenas sirven de eco, no de freno.
Gaza sigue ardiendo mientras el mundo se declara “atónito”.
Esta entrada se ha leído 105 veces
