Cuando las termitas carcomen la casa

No todas las amenazas llegan con ruido. Algunas operan en silencio, con constancia, sin llamar la atención. No lanzan ataques directos, pero saben debilitar desde adentro. No conquistan territorios ni derriban muros con fuerza bruta; simplemente se infiltran, desgastan, erosionan. Y cuando por fin se notan los efectos, el daño ya es profundo.

Imaginemos una casa. Su dueño la mantiene, la mejora, invierte en reforzarla. Pero bajo la superficie, casi invisibles, unas termitas trabajan. Carcomen vigas, muerden la madera, debilitan la base. Lo hacen sin prisa, sin ruido, sin pausa. Cuando por fin los daños se vuelven visibles, ya no basta con reparar: hay que defender.

Pero el problema no termina ahí. Porque las termitas no sólo afectan a la casa. También dejan sus rastros en el ambiente. Y allí es donde entra el papel de quienes las observan desde lejos: algunos, en lugar de advertir del peligro, lo relativizan. Desde pantallas y titulares, se reescribe la historia: la casa se vuelve opresora por protegerse, y las termitas, víctimas incomprendidas.

En redes sociales, el fenómeno es aún más alarmante. Se multiplican mensajes que, disfrazados de lucha por los derechos o de causas nobles, replican una narrativa tóxica, que reduce, distorsiona y deshumaniza. Con signos, eslóganes y frases recicladas, se apuntala la idea de que defenderse es lo mismo que agredir, y que vivir bajo amenaza debe aceptarse como un estado natural. Quien levanta la voz es silenciado, ridiculizado o cancelado. La plaga ya no sólo ataca la estructura: también controla el relato.

Y mientras tanto, el dueño de la casa se encuentra solo, señalado, obligado a justificarse por querer sobrevivir. Se exige que sea moderado en su defensa, mesurado en su reacción, prudente incluso cuando su techo se viene abajo. Pero nadie exige moderación a quienes lo hostigan desde las sombras ni a quienes avivan las llamas desde sus escritorios digitales.

Lo más preocupante es que esta dinámica no se detiene en una sola casa. Si la comunidad alrededor no actúa, las termitas avanzan. Se trasladan, se reproducen, mutan. Lo que hoy es un problema ajeno, mañana será un incendio en el propio patio. Y cuando las casas empiezan a caer en cadena, es cuando muchos se preguntan por qué no se hizo nada antes.

En estos tiempos, entender lo que se esconde bajo la superficie no es una opción: es una responsabilidad. Porque si seguimos juzgando las defensas sin analizar los ataques invisibles, llegará el día en que ya no quede estructura en pie. Y entonces no bastará con indignarse: será demasiado tarde.

En 2025, el mundo enfrenta un panorama de gran inestabilidad, con 56 conflictos armados activos involcurando a 92 países, abarcando guerras civiles, enfrentamientos interestatales y conflictos antagonistas con grupos paramilitares.
La cuestión persiste: ¿cuál de estas fuerzas es la casa y cual es la plaga que carcome los cimientos, amenazando con reducir la casa a polvo?quién de ellos representa a la termita?

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