Bélgica y Palestina, el Congo en el espejo

Bélgica acaba de anunciar que reconocerá al Estado de Palestina, pero con condiciones, liberación de rehenes israelíes, exclusión de Hamás del gobierno y una batería de sanciones contra Israel, desde vetos comerciales hasta restricciones diplomáticas.

Bruselas quiere aparecer como árbitro moral en la crisis de Medio Oriente.

Pero la pregunta es inevitable, ¿está en condiciones de lanzar la primera piedra?

Porque si se mira hacia atrás, Bélgica carga con uno de los pasados coloniales más sangrientos de la historia moderna, el Congo de Leopoldo II. Entre 1885 y 1908, el llamado “Estado Libre del Congo” fue propiedad privada del rey belga, un campo de exterminio disfrazado de empresa colonial.

Millones de congoleños fueron esclavizados para la extracción de caucho y marfil.

Quien no cumplía las cuotas era castigado con amputaciones, torturas o la muerte.

Las estimaciones más moderadas hablan de 5 a 10 millones de muertos.

En 1908, tras el escándalo internacional, la colonia pasó formalmente al Estado belga, pero la lógica no cambió, explotación económica, educación mínima para la población local y un aparato estatal diseñado para servir a Bruselas. Cuando llegó la independencia en 1960, el Congo heredó fronteras artificiales, un vacío institucional y la semilla del caos que lo ha perseguido desde entonces. Mientras tanto, Bélgica se había enriquecido a costa del expolio africano.

Hoy, el mismo país que nunca asumió a fondo su responsabilidad por esos crímenes se permite condicionar el reconocimiento de Palestina.

No basta con recordar que no hubo juicios de Núremberg para el colonialismo, ni reparaciones reales para las víctimas congoleñas.

Bélgica habla desde una supuesta superioridad ética que su propia historia desmiente.

Esto no significa que Israel esté libre de culpas en su política de asentamientos, ni que Palestina no merezca reconocimiento.

Significa algo más incómodo, los jueces de hoy fueron verdugos ayer. Y mientras Bruselas dicta sanciones desde la comodidad de la Unión Europea, el Congo sigue siendo uno de los países más pobres y fragmentados del planeta, víctima directa de aquella herencia colonial belga.

El reconocimiento de Palestina es justo y necesario. Pero la voz de Bélgica suena hueca, como un eco que viene de Leopoldo II.

En política internacional, la hipocresía es moneda corriente, en el caso belga, es casi una marca registrada.

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