Mientras en Madrid se destapan casos de corrupción que erosionan la credibilidad del poder, algunos sectores políticos prefieren posar de solidarios respaldando a la Flotilla Sumud.
Pero la solidaridad ingenua no existe en Medio Oriente, detrás de esa flotilla está la sombra de Hamas empujando la narrativa, disfrazada de ayuda humanitaria.
El doble juego es evidente. En casa, los discursos de transparencia se evaporan entre tribunales y sobres cerrados. Afuera, se buscan causas lejanas para cubrir la desnudez propia. La flotilla no es una misión neutral, es un desafío político calculado para quebrar el bloqueo de Gaza y darle oxígeno a un grupo que nunca ha ocultado su agenda de sangre.
Madrid debería mirar primero su propio espejo. Porque mientras unos se envuelven en banderas de solidaridad selectiva, otros, en los túneles de Gaza, preparan la próxima traición.
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