En Gaza no ha cambiado nada esencial. El bloqueo permanece, los rehenes siguen cautivos y el “acuerdo de paz” promovido por Donald Trump no ha pasado de ser un documento mediático.
El mundo ha presenciado espectáculos cuidadosamente coreografiados, flotillas interceptadas en alta mar, marchas con banderas ondeando frente a cámaras y declaraciones diplomáticas que se repiten como un guión aprendido. Todo esto mientras la tragedia real, la humana, se mantiene invisible, atrapada detrás de titulares y discursos.
La historia ya escribió este libreto hace más de dos mil años. En la antigua Roma, cuando la República se desmoronaba y la desigualdad corroía sus cimientos, el poder ofrecía “panem et circenses”, pan y circo. Distracciones cuidadosamente orquestadas para calmar el descontento, mientras los problemas estructurales se pudrían en silencio. No se trataba de resolver nada, sino de sostener la ilusión de control.
Hoy, las flotillas “humanitarias” que no rompen bloqueos, las marchas que no mueven fronteras, las banderas que solo ondean para las cámaras y los acuerdos que no cambian la realidad cumplen la misma función. No son instrumentos de transformación, son válvulas de escape, rituales políticos diseñados para que el mundo crea que algo se está moviendo cuando en realidad todo está quieto.
La aparente neutralidad de estos gestos es peligrosa. Cada acto sin consecuencia real erosiona un poco más la idea de que la política puede resolver conflictos. Cada “acuerdo histórico” que no produce paz acerca el terreno a la normalización de la violencia. Y cuando la política se vuelve espectáculo, la historia suele tener un epílogo predecible, pan y circo primero, incendio después.
No se trata de flotillas, ni de banderas, ni de cumbres diplomáticas. Se trata de una estrategia, distraer para no cambiar. Y si la historia sirve de guía, Roma también creyó que el circo bastaba… hasta que ardió.
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La paz llegara!