Lo que hay, de facto, es una tregua humanitaria prolongada, no un acuerdo de paz.
Mientras algunos titulares internacionales celebran una supuesta “paz” en Gaza, la realidad es mucho menos solemne. No hay tratado, no hay firma, no hay garantías mutuas. Lo que existe hoy es una pausa en el fuego —una tregua impuesta por el agotamiento, no por la reconciliación.
Hasta ahora, se han liberado 20 rehenes con vida. Pero no se ha cumplido la entrega de los fallecidos, un punto que estaba sobre la mesa y que Hamas no ha respetado. Tampoco hay señales reales de desarme. Ninguna columna de armas saliendo de túneles. Ninguna brigada entregando misiles. Ningún gesto que se parezca siquiera a un tránsito hacia la paz.
La posición del United States Department of State es clara y contundente, o Hamas se desarma por las buenas… o por las malas. Washington no está jugando a la diplomacia simbólica. El mensaje —tras bambalinas y en voz alta— es que si la tregua se convierte en un instrumento de rearme, no habrá espacio para más advertencias.
Por eso, hablar hoy de “acuerdo de paz” es, en el mejor de los casos, ingenuo. Y en el peor, una mentira conveniente. Una tregua no es paz. Un intercambio parcial de rehenes no es reconciliación. Y un silencio de fusiles no equivale a desarme.
Y mientras todo esto ocurre, resuena algo más fuerte que los misiles, el estruendoso silencio de los movimientos pro-palestinos. Aquellos que marchaban con pancartas y megáfonos cuando Israel respondía, hoy callan ante el poder absoluto y armado de Hamas sobre civiles palestinos. Ni denuncias, ni caravanas humanitarias, ni discursos inflamados. Silencio. Porque cuestionar a Hamas nunca fue parte de su narrativa.
La verdadera prueba aún no ha comenzado. Y cuando lo haga, el ruido de la política internacional no vendrá de quienes gritan en las calles… sino de quienes, en los hechos, decidan si esta tregua termina en un acuerdo real —o en otra guerra.
Esta entrada se ha leído 72 veces
