Brasil, Hamas y el espejo del PCC. La paja en el ojo ajeno

La política exterior se mide no solo por lo que defiende, sino por lo que tolera.

La decisión de Israel de retirar la candidatura de su embajador en Brasil tras la negativa del placet por parte del gobierno brasileño marca un nuevo capítulo en la tensa relación entre ambos.

El Presidente Lula ha calificado las acciones militares en Gaza como “genocidio”, retiró a su embajador en Tel Aviv, negó el placet al designado por Israel en Brasilia y se alineó con la narrativa palestina.

No distingue entre la población civil y la maquinaria terrorista de Hamas que mantiene rehenes desde el 7 de octubre.

Vale la pena un ejercicio hipotético. ¿Qué pasaría si algún país hiciera lo mismo, pero con el PCC?

El Primeiro Comando da Capital es el grupo criminal más poderoso de Brasil, responsable de masacres, secuestros y atentados contra el propio Estado.

Supongamos que una potencia extranjera lo presentara como “resistencia social”, que invitara a sus líderes a conferencias, justificara sus atentados como respuesta a la desigualdad y acusara al gobierno brasileño de “genocidio carcelario”.

La indignación sería inmediata.

Se hablaría de injerencia intolerable, de un ataque a la soberanía nacional.

Probablemente Brasil retiraría a su embajador o declararía persona non grata a cualquier diplomático que se atreviera a minimizar la brutalidad del PCC.

Nadie en Brasil aceptaría que un país extranjero blanqueara a una organización que aterroriza a la población y desafía al Estado.

Sin embargo, eso mismo hace Brasil con Gaza.

Minimiza la naturaleza terrorista de Hamas, relativiza la tragedia de los rehenes y centra todo el foco en acusar a Israel.

Dentro del país nadie defiende al PCC como “resistencia popular”. Pero hacia afuera, el Presidente Lula hace, de forma indirecta, exactamente eso con Hamas.

El problema no es solo de coherencia moral, sino de credibilidad internacional.

Brasil exige respeto frente a sus desafíos internos, pero trivializa el derecho de otro Estado a defenderse de un enemigo que actúa con tácticas idénticas a las de las mafias brasileñas, solo que más letal y con ideología política.

Como dice San Mateo versículo 7

“Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?” 

Brasil exige lo que no ofrece. Respeto, empatía y comprensión frente al terrorismo.

Y mientras tanto, su política exterior se hunde en una contradicción que lo acerca más a la retórica de los victimarios que a la defensa de las víctimas.

El PCC y Hamas no son idénticos en naturaleza. Uno es un cartel criminal, el otro un movimiento político-islamista. Pero ambos comparten un mismo patrón: desafían al Estado con violencia, secuestran inocentes y buscan legitimidad a través del miedo. Es en ese punto donde la analogía resulta reveladora y desnuda la incoherencia del discurso brasileño.

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