Cuando los foros técnicos se desvían de su mission

“Un organismo creado para verificar hechos no debe convertirse en escenario de acusaciones políticas sin sustento.”

Hay organismos internacionales que existen para protegernos de amenazas muy concretas. La Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ), creada en 1997 tras la entrada en vigor de la Convención sobre las Armas Químicas, nació para vigilar que ningún país desarrolle, almacene o use armas químicas, y para supervisar su destrucción de forma técnica y verificable. Desde entonces, la OPAQ ha sido un caso destacado de éxito multilateral, supervisando la destrucción del 99% de los arsenales declarados y recibiendo el Premio Nobel de la Paz en 2013. Por eso, es fundamental respetar su carácter estrictamente técnico y evitar que se convierta en una tribuna para manipulaciones o acusaciones políticas ajenas a su mandato.

Este mandato especializado es lo que le da valor y legitimidad. Su trabajo no se basa en opiniones políticas ni en relatos emocionales, sino en pruebas científicas, inspecciones y datos verificables.

Sin embargo, en estos tiempos turbulentos, no faltan delegaciones estatales que ven en estos foros una tribuna útil para lanzar mensajes políticos que nada tienen que ver con la misión técnica de la organización. De 8 al 11 julio de 2025, en La Haya, se vio claramente: en medio de una sesión de trabajo, una delegación aprovechó para acusar a otro Estado de cometer un genocidio, usando un concepto jurídico extremo para calificar una situación de conflicto que, en términos legales, no encaja en la definición real de genocidio.

El problema no es solo que esa acusación esté fuera del ámbito de la OPAQ —que no tiene competencia para investigar ni pronunciarse sobre crímenes que no involucren armas químicas—. El problema de fondo es que llevar narrativas infundadas a un foro técnico distorsiona su propósito, debilita su neutralidad y pone en riesgo su credibilidad.

Cuando se tolera que un espacio creado para verificar hechos comprobables se convierta en un escenario para afirmaciones sin sustento, se abre la puerta a que la ciencia y la imparcialidad queden contaminadas por la propaganda. Y si la organización no marca límites claros, su silencio puede entenderse —o manipularse— como una forma de aval.

Si se normaliza este desvío, ¿qué confianza tendrá la comunidad internacional cuando la OPAQ deba actuar de verdad frente a la amenaza real del uso de armas químicas? La autoridad moral y técnica de estos organismos es demasiado valiosa para que se desgaste en disputas ajenas a su objeto.

No se trata de negar la gravedad de los conflictos ni de prohibir debates. Pero cada institución multilateral tiene su espacio y su rol. Mezclar ámbitos solo favorece la confusión y erosiona la arquitectura internacional que aún sostiene la cooperación global frente a amenazas concretas.

Mantener la neutralidad de los foros técnicos no es un detalle burocrático: es una barrera vital contra la manipulación y la desinformación. Defender esa neutralidad es, hoy más que nunca, una forma de protegernos de que la política devore lo que aún queda de confianza común.

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