Mientras el mundo celebra con aplausos diplomáticos la firma del acuerdo entre Hamas e Israel, hay sectores que no están en los titulares, pero que también están perdiendo terreno.
No son combatientes, ni rehenes, ni negociadores.
Son los actores que habían hecho de este conflicto un combustible perfecto para su maquinaria política y callejera, los grandes movimientos de izquierda que durante meses capitalizaron la causa palestina para encender protestas, generar adhesión emocional y, en algunos casos, tapar problemas internos más incómodos, como la corrupción o la descomposición de sus propias estructuras.
Estos movimientos los conforman expertos en convertir causas externas en banderas internas. Pero cuando la causa central empieza a resolverse, aunque sea parcialmente, la bandera ya no flamea igual. Se apaga el megáfono. Y sin megáfono, se desvanece el ruido que les servía de escudo.
Durante meses, la narrativa de “resistencia absoluta” contra Israel sirvió como pegamento ideológico. No importaban los matices, ni las responsabilidades compartidas, bastaba con agitar la consigna para llenar plazas. Pero con un alto el fuego, liberación de rehenes y compromisos sobre la mesa, el terreno se vuelve más fangoso. Ya no es blanco y negro. Y cuando el discurso pierde pureza, pierde fuerza.
La izquierda radical enfrenta ahora un dilema, si celebra el acuerdo, cede espacio moral, si lo rechaza, queda expuesta como un actor que no quiere soluciones, sino conflicto permanente para justificar su existencia. Y mientras ellos se deciden, la atención pública empieza a girar hacia otros temas, entre ellos, los que habían estado tapando, sus propias grietas internas.
No hay manifestación que tape la pérdida de relevancia política cuando desaparece la causa que la alimenta. Por eso, paradójicamente, uno de los grandes perdedores de la paz no siempre está en el campo de batalla, sino en la plaza.
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se hara justicia…tarde o temprano….Gente que se anota en el lado incorrecto de la historia