No siempre el antisemitismo se proclama a gritos. A veces se esconde en gestos ambiguos, en silencios calculados, en frases que se prestan a interpretaciones.
Cuando la ambigüedad pasa de las palabras a los hechos, el mensaje deja de ser interpretable, se vuelve brutal, irreversible.
El 13 de agosto de 2025, en Épinay-sur-Seine, Francia, alguien —o varias personas— talaron con una motosierra un olivo plantado en memoria de Ilan Halimi, joven judío secuestrado, torturado y asesinado en 2006 por una banda que actuó con motivación antisemita.
Ese árbol no era solo un símbolo de vida, era un recordatorio permanente de que el odio mata y de que la memoria es una de las pocas defensas que tenemos contra su repetición.
Este acto, lejos de ser un simple vandalismo, es la prueba de que la ambigüedad ante el antisemitismo termina en complicidad activa.
No hace falta declararse antisemita para enviar un mensaje de desprecio a una víctima judía, basta con destruir un homenaje a su memoria. Aquí la ambigüedad desaparece, el hecho habla por sí solo.
Las autoridades francesas reaccionaron con rapidez. El presidente Emmanuel Macron lo calificó como “matarlo por segunda vez” y prometió que no quedará impune.
El primer ministro François Bayrou habló de un acto de “odio antisemita” mientras el jefe de policía de París lo llamó “ignoble”. Sin embargo, por enérgicas que sean, las palabras oficiales no borran el daño simbólico, se intentó eliminar un recuerdo y eso es un golpe directo a la memoria colectiva.
Este no es el primer ataque a memoriales de Halimi. Placas con su nombre ya habían sido destruidas o pintadas con grafitis antisemitas en el pasado. La repetición revela algo más profundo, no basta con condenar el antisemitismo en abstracto, si no se enfrenta con claridad, la sociedad deja espacio para que este odio se exprese en actos concretos.
La lección es incómoda, quien calla o relativiza ante el antisemitismo prepara el terreno para que un día alguien pase de la frase velada al acto visible.
La ambigüedad en este terreno no es neutralidad, es incubadora. Y cuando el resultado es la tala de un árbol plantado por un joven asesinado, ya no hablamos de “opiniones”, hablamos de la demolición física de la memoria.
Destruir un memorial no es borrar un árbol, es declarar que el odio sigue vivo.
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