De rehenes a amenaza nuclear: cuando la Cruz Roja y la OIEA no funcionan

En los últimos años, dos crisis aparentemente diferentes han puesto en evidencia una misma realidad incómoda: la incapacidad de importantes organismos internacionales para actuar eficazmente cuando los actores involucrados deciden no cooperar o incluso engañar deliberadamente. La situación de los rehenes israelíes en Gaza y el programa nuclear de Irán son claros ejemplos de esta limitación, que va más allá de la simple falta de acceso.

Desde el 7 de octubre de 2023, decenas de civiles israelíes permanecen retenidos por Hamas en Gaza. A pesar de que aún quedan alrededor de 50 rehenes cuyos rostros y nombres parecen haberse olvidado en el discurso internacional, el Comité Internacional de la Cruz Roja, conocido por su labor humanitaria y neutralidad, no ha logrado visitarlos ni confirmar su estado. Lo más preocupante es que, como ocurrió en ocasiones anteriores a lo largo de la historia, la Cruz Roja sabía que Hamas estaba impidiendo el acceso y manipulando la información, pero decidió mantener su postura de neutralidad estricta, incluso después de que los conflictos terminan y las denuncias se acumulan. Esta actitud ha generado críticas legítimas sobre si su silencio y su pasividad favorecen la impunidad.

Esta dinámica tiene un oscuro precedente en la historia. Durante el Holocausto, cuando la Cruz Roja visitaba el gueto de Terezín (Theresienstadt), fue engañada deliberadamente por los nazis, quienes montaron un “show” para ocultar la verdadera tragedia. La Cruz Roja no solo aceptó esta fachada, sino que, a pesar de tener indicios claros del engaño, decidió no denunciar públicamente la situación para preservar su acceso futuro. Así, la búsqueda de neutralidad y presencia se tradujo en un acto de complicidad silenciosa frente a la tragedia.

Por otro lado, el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) enfrenta una realidad similar con Irán. Aunque Irán forma parte del Tratado de No Proliferación Nuclear, ha restringido inspecciones, ocultado información y aumentado el enriquecimiento de uranio a niveles que preocupan a la comunidad internacional. La OIEA ha documentado estas violaciones y sabe que las autoridades iraníes manipulan sus reportes y controlan estrictamente lo que puede ver el organismo. Sin embargo, pese a estas evidencias, la OIEA mantiene su enfoque basado en la cooperación, limitando sus acciones a reportar, sin aplicar medidas más enérgicas o denunciar con firmeza, incluso después de que algunos de estos incumplimientos se hayan prolongado por años.

Estas dos situaciones demuestran que el sistema internacional y sus instituciones funcionan solo si los actores respetan las reglas. Pero también revelan cómo, cuando se enfrentan a la deshonestidad y la manipulación, la neutralidad puede convertirse en un escudo que permite la impunidad. La Cruz Roja y la OIEA quedan atrapadas en una posición donde, por mantener su acceso o su legitimidad, optan por hacer caso omiso de engaños evidentes, dejando a las víctimas en una especie de limbo sin justicia ni protección real.

No es una paradoja nueva. La historia lo ha demostrado una y otra vez: mirar hacia otro lado, en nombre de la imparcialidad, siempre favorece al opresor.

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