La atención mundial se concentró durante semanas en el cerco israelí y en la presión internacional para lograr un cese al fuego.
Flotillas, marchas multitudinarias en Europa y América, pronunciamientos de figuras públicas y campañas digitales exigieron el fin de la ofensiva. Hoy, con la retirada de Israel y la reanudación del control total por parte de Hamas en la Franja, ese ruido se ha desvanecido.
Ninguna flotilla está en camino a Gaza. Ninguna organización civil internacional ha anunciado una misión independiente para verificar la situación de los gazatíes bajo la administración de Hamas. Tampoco hay reportes de movimientos pro-Palestina en España, Francia o Reino Unido organizando campañas para supervisar el trato a la población civil ahora que el enemigo externo ya no está presente.
Fuentes de prensa regionales reportan que Hamas ha retomado el control de los barrios evacuados y que ha realizado detenciones selectivas de personas acusadas de colaborar con Israel. Verificar estos hechos es extremadamente difícil, no hay presencia de prensa independiente, y las organizaciones internacionales tienen un acceso limitado y controlado.
Los activismos que exigieron el alto al fuego guardan ahora silencio. Las mismas voces que hablaron de “genocidio” no han emitido pronunciamientos sobre la necesidad de proteger a los civiles gazatíes frente a posibles represalias internas. Tampoco se han movilizado para garantizar que la ayuda humanitaria llegue sin condicionamientos políticos.
En esta etapa, la población de Gaza enfrenta un escenario complejo, sin presencia internacional significativa, con un poder armado interno consolidado y con escasos mecanismos de rendición de cuentas. La ausencia de observadores independientes plantea una pregunta incómoda,
¿quién vigila cuando la narrativa ya no sirve para marchar?
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