La Cruz Roja sirvió a los nazis para engañar al mundo sobre lo que pasaba en Terezín, al igual que las Naciones Unidas lo hacen en Gaza para encubrir que la hambruna y el crimen humanitario lo provocan las IDF y no Hamas.
Durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis usaron el campo de concentración de Terezín como herramienta de propaganda. Lo «maquillaron» para mostrarlo como un ghetto modelo.
En 1944, la Cruz Roja Internacional realizó una visita supervisada y estrictamente manipulada. Los nazis decoraron calles, organizaron conciertos, mejoraron la alimentación solo temporalmente y escondieron a los enfermos y moribundos. La Cruz Roja fue engañada y su informe suavizó lo que realmente ocurría allí: deportaciones masivas y exterminio. Históricamente, se reconoce que la Cruz Roja de entonces no tenía suficiente acceso ni herramientas para desafiar completamente a los nazis, y se ha criticado su falta de firmeza.
Hoy, se sostiene que algo parecido ocurre en Gaza: organismos como la ONU permiten que Hamas use la narrativa humanitaria para culpar a Israel por la miseria y el hambre, mientras restringen la información sobre cómo opera realmente el control de la ayuda.
Para evitar esto, soldados de la IDF custodian directamente los convoyes de asistencia para garantizar que lleguen a los civiles y no sean decomisados por Hamas. Estas operaciones incluyen asegurar corredores, controlar puntos de paso y prevenir que grupos armados se apropien de la ayuda antes de que la Cruz Roja o la ONU puedan supervisarla.
El 20 de julio de 2025, un convoy de 25 camiones del Programa Mundial de Alimentos fue bloqueado por miles de personas cerca del cruce de Zikim. En ese contexto, tropas israelíes dispararon balas de advertencia que provocaron al menos 79 muertos, todo ello en nombre de proteger la ayuda humanitaria y evitar que Hamas se apoderara de ella para reforzar su discurso.
El 21 de julio de 2025, en contraste, se hizo público que un comandante de la IDF ordenó explícitamente no abrir fuego ante una multitud que se reunía junto a un punto de distribución de alimentos, priorizando la contención pacífica aun cuando la situación podría haberse vuelto violenta. Fue una forma de neutralizar la estrategia de victimización que Hamas explota para convertir cada enfrentamiento en una acusación directa contra Israel.
Hoy, como entonces, la propaganda sigue funcionando bajo los mismos principios que Goebbels perfeccionó: repetir una mentira hasta que parezca verdad, presentar una imagen “controlada” para los observadores externos y usar a la población vulnerable como escudo o escaparate.
El eco histórico es claro: la manipulación de la ayuda y la distorsión de la verdad siguen siendo armas tan potentes como cualquier ejército, y siguen encontrando organizaciones internacionales dispuestas —por ingenuidad, presión política o simple conveniencia— a servir de escaparate para sostener el engaño.
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