En tiempos de guerra, todos hablan de autoridad moral, pero esta se quiebra cuando la historia incomoda.
Hoy la guerra en Gaza vuelve a mostrar esta contradicción. El Papa León XIV pidió el domingo 20 de julio que paren los bombardeos y que se proteja a civiles y templos, después de que la iglesia de la Sagrada Familia fuera dañada y murieran personas que buscaban refugio. Israel responde que mientras Hamas no libere a los rehenes ni deponga las armas, la ofensiva seguirá.
Muchos se preguntan: ¿quién tiene derecho a exigir un alto al fuego cuando ha cometido peores actos? Hiroshima, Dresden, el Congo, la Inquisición. La lista es larga y señala que quienes ahora piden moderación antes arrasaron ciudades enteras o callaron ante matanzas.
Sin embargo, el derecho internacional dice que las reglas se aplican siempre. Prohíbe atacar civiles, hospitales o iglesias, sin importar quién lo reclame. Que antes se cometieran horrores no da permiso para repetirlos.
El problema es la doble vara. Hay presión fuerte para que Israel frene la guerra, pero casi nadie exige con la misma firmeza que Hamás libere a los 50 rehenes que retiene. Esta incoherencia debilita la idea de justicia y hace que la gente dude de esos reclamos.
Al final, el mensaje es claro: aunque quien habla tenga un pasado oscuro, proteger a los civiles sigue siendo correcto. Lo que no puede aceptarse es usar la moral solo cuando conviene. La historia no se borra, pero puede servir para no repetir los mismos errores.
El domingo 20 de julio de 2025, tras el presunto ataque israelí a la iglesia de la Sagrada Familia en Gaza, que resultó en la muerte de tres personas y dejó a varias más heridas, el Papa León XIV expresó su profunda tristeza por la pérdida de vidas y urgió a una reactivación de las negociaciones para lograr un alto al fuego. Además, reiteró la necesidad de proteger los lugares de culto y a los fieles en Palestina e Israel, y destacó la grave situación humanitaria que afecta especialmente a niños, ancianos y enfermos en Gaza.
En ese contexto, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ha declarado en varias ocasiones que el conflicto podría concluir de inmediato si Hamas accediera a dos condiciones fundamentales: la liberación de los rehenes israelíes y la deposición de las armas por parte de Hamas.
En respuesta a la tragedia en la iglesia de la Sagrada Familia, Netanyahu expresó su pesar y calificó el ataque como un “disparo errante”, asegurando que se llevaría a cabo una investigación para esclarecer las circunstancias del incidente.
Estas posturas reflejan la complejidad del conflicto y subrayan la importancia de los esfuerzos diplomáticos para proteger a los civiles y los lugares de culto en la región, a la vez que dejan claro que el cese de hostilidades está condicionado a la liberación de rehenes y al desarme de Hamas.
Mientras la atención mundial se centra en Gaza y se exigen acciones inmediatas para proteger a civiles y detener la guerra, no podemos olvidar que en otros lugares del mundo, como Yemen, Siria, Afganistán, Myanmar, Etiopía, la República Democrática del Congo, Sudán, entre otros, se viven violaciones graves de derechos humanos y crisis humanitarias que a menudo reciben menos cobertura y presión internacional. Estos son algunos de los casos más relevantes en la actualidad, y la coherencia en la defensa de los derechos humanos exige que se actúe con igual urgencia y compromiso en todos ellos, sin seleccionar víctimas ni intereses. Solo así se podrá avanzar hacia una justicia global auténtica y efectiva.
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