El 26 de Septiembre, en la Asamblea General de la ONU, Netanyahu habló como Moisés ante el faraón, exigió libertad y seguridad para su pueblo, pero medio centenar de delegaciones prefirió endurecer el corazón y levantarse de la sala antes que escuchar.
La lección bíblica es clara, el faraón no evitó las plagas cerrando sus oídos, y la ONU tampoco evitará la tormenta política que se gesta en Medio Oriente negándose a oír al líder de Israel. Paradójicamente, mientras en Nueva York reinaron los oídos sordos, en Gaza ocurrió lo contrario, la inteligencia israelí logró que cada celular transmitiera el mensaje de Netanyahu, obligando a escuchar a quienes jamás habrían querido hacerlo.
Y así se repite la historia, lo que se rehúsa oír en los palacios y foros termina imponiéndose en las calles y en la vida real, donde nadie puede escapar a sus consecuencias.
La escena en la ONU fue tan simbólica como reveladora, al inicio del discurso de Netanyahu, decenas de delegados optaron por levantarse y abandonar la sala. No fue un acto de protesta silenciosa, sino un gesto calculado de deslegitimación, la manera diplomática de “tapar los oídos”. La historia bíblica del faraón ofrece un paralelo inquietante, negar al mensajero no evita la realidad del mensaje.
Mientras tanto, lejos de Manhattan, la tecnología israelí convirtió cada teléfono en Gaza en un altavoz del discurso. Allí no hubo evasión posible, las palabras del primer ministro se reprodujeron de manera directa, atravesando muros y saltando censuras. Es un recordatorio del contraste brutal entre la solemnidad estéril de los foros internacionales y la crudeza del terreno, donde los mensajes no se negocian, simplemente se reciben.
El fondo de la cuestión es que el conflicto israelí-palestino ya no se juega solo en el terreno militar o diplomático, sino también en el espacio simbólico de la comunicación. Quien rechaza escuchar en la ONU corre el riesgo de quedar fuera de la conversación real, esa que se impone sin pedir permiso. Y la lección, tan antigua como Moisés frente al faraón, sigue vigente, no querer oír nunca ha evitado las consecuencias, solo las ha hecho más inevitables.
La ONU nació como el espacio destinado a prevenir guerras escuchando a todas las partes. Pero cuando sus representantes convierten la Asamblea en un auditorio vacío cada vez que alguien les incomoda, no solo traicionan ese mandato, se vuelven irrelevantes. Y una organización irrelevante, por definición, deja de cumplir el único papel que justificaba su existencia.
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