El 17 de noviembre de 2025, la ONU aprobó una resolución sobre Gaza con nombre solemne y destino incierto.
No es el Plan Trump, pero respira su arquitectura, alto al fuego, liberación de rehenes, salida de Hamas, reconstrucción bajo supervisión internacional y la creación del “Board of Peace”, autoridad transitoria para administrar Gaza mientras se ejecutan reformas y la reconstrucción avanza.
El voto revela más que el texto. Estados Unidos busca reposicionarse, Europa se abraza al simbolismo, Israel marca distancia, el mundo árabe protege su narrativa y Rusia y China se abstienen no por neutralidad, sino porque la parálisis les conviene. Cada actor interpreta su papel como si el conflicto fuese un escenario y la resolución una obra donde todos deben ser vistos, pero nadie está obligado a actuar.
El problema es que la ONU fue fundada por Estados para evitar una tercera guerra mundial, no para negociar con milicias que ven la diplomacia como debilidad. Hoy el sistema está contaminado por un actor que no pertenece a Naciones Unidas, no reconoce su autoridad, no acepta sus resoluciones y mantiene rehenes como fichas de poder.
En esta ópera diplomática, Hamas es el Fantasma que se mueve entre bambalinas, corta los cables, apaga las luces y decide cuándo comienza y termina la función, mientras el resto del elenco actúa siguiendo un guion que no controla. Por eso esta resolución es simbólica, casi teatral, un intento de imponer orden en un teatro tomado por fuerzas que no creen en el guion, y aunque exista un Board of Peace en el papel, su autoridad depende de cooperación, fondos y seguridad que hoy nadie garantiza.
Y mientras la ONU aplaude sus propias ilusiones, la realidad en Gaza sigue siendo escrita por quienes nunca estuvieron en la sala.
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