Cuando un líder habla demasiado de principios, pero calla en los momentos que más importan, no revela prudencia… revela cálculo.
En Colombia, opositores venezolanos viven bajo amenaza. Han sido perseguidos, atacados o intimidados en territorio colombiano mientras el Estado observa en silencio. No hay condenas firmes, ni medidas contundentes de protección, ni gestos políticos claros. Silencio y omisión.
Paradójicamente, ese mismo gobierno que calla ante la violencia en su suelo no duda en señalar con el dedo a Washington cuando actúa contra el narcotráfico. Así ocurrió cuando EE. UU. destruyó un narcosubmarino cargado con fentanilo, una droga que está matando a miles de estadounidenses cada año. Lejos de respaldar una operación legítima contra una amenaza global, Petro la convirtió en una excusa para atacar a Estados Unidos.
Petro fue uno de los líderes más estridentes a la hora de condenar a Israel por su respuesta militar contra Hamas, llegando incluso a acusar directamente al primer ministro Benjamin Netanyahu de “genocida”. Pero hoy, cuando es Hamas quien dispara contra gazatíes desarmados, reprime protestas y ejecuta a su propia gente por atreverse a exigir comida y libertad, el presidente colombiano no dice una sola palabra. Ni condena, ni pronunciamiento, ni gesto mínimo. Silencio absoluto.
Petro no calla por prudencia diplomática, calla porque sus convicciones no son principios, son banderas ideológicas que agita solo cuando le sirven. Habla de derechos humanos como quien levanta un escudo, pero no los defiende cuando no encajan en su relato. Su postura frente a estos tres escenarios —los opositores venezolanos en Colombia, el narcosubmarino destruido por EE. UU. y los crímenes de Hamas contra su propio pueblo— revela una verdad incómoda: Petro no tiene autoridad moral para dar lecciones al mundo.
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