La celebración de la muerte, síntoma de barbarie política

Hoy, frente al asesinato a sangre fría de Charlie Kirk, han aparecido voces celebrando el crimen como si fuera un triunfo cultural.

La escena no es nueva, la historia está llena de multitudes que aplauden la eliminación física del adversario, convencidas de que su causa queda reivindicada por una bala o una soga.

Pero la celebración del asesinato nunca ha sido señal de fortaleza.

Fue así cuando parte del pueblo romano aplaudió la caída de Julio César, solo para hundirse en guerras civiles.

O cuando en 1865 los supremacistas del sur festejaron la muerte de Abraham Lincoln, quedando en la historia como caricaturas del atraso moral.

La Revolución Francesa también tuvo sus multitudes jubilosas al pie de la guillotina de Luis XVI, preludio del Terror que devoraría a sus propios hijos.

Incluso en democracias modernas, la euforia por la muerte del enemigo ha mostrado grietas éticas.

En Israel, tras el asesinato del primer ministro Yitzhak Rabin en 1995, hubo minorías extremistas que festejaron su caída, convencidas de haber detenido un proceso de paz, la historia terminó condenando ese júbilo como una herida nacional.

En 1963, con el asesinato de John F. Kennedy en Dallas, lo que prevaleció no fue el festejo de unos pocos, sino el duelo de una nación y la conmoción del mundo.

Y en 1980, con el asesinato de John Lennon frente a su casa en Nueva York, la reacción fue la misma, un duelo planetario, millones en las calles, millones llorando a un símbolo de paz.

En 1968, Martin Luther King Jr. fue asesinado mientras luchaba por los derechos civiles en EE. UU., y la nación quedó sacudida por la pérdida, mostrando que incluso en sociedades polarizadas, la muerte de un líder pacífico provoca duelo y reflexión, no júbilo.

En 1948, Mahatma Gandhi fue asesinado por un extremista, y su muerte generó condena global, recordando que la violencia contra figuras que predican paz y reconciliación solo deja cicatrices y repudio.

En 1981, Anwar Sadat, presidente de Egipto, fue asesinado por extremistas por su apuesta por la paz con Israel, y aunque algunos lo celebraron en círculos reducidos, el mundo entero entendió que la violencia contra líderes moderados debilita la civilización, no la fortalece.

Ambos casos mostraron que la muerte de una figura pública puede unir a la sociedad en dolor, no dividirla en odio.

Esa es la diferencia esencial, la celebración del asesinato nunca engrandece, siempre degrada.

Lo que deja huella de civilización es el duelo compartido, no la risa ante la sangre.

Hoy, quienes celebran la muerte de Charlie Kirk no muestran victoria cultural, sino bancarrota moral.

La historia no recuerda con honor a los que festejan la muerte, sino a los que supieron condenarla incluso cuando se trataba de un enemigo.

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1 comentario

  1. Sirva de comentario.. La voz divina que surgio despues del paso del ultimo judio en
    el mar rojo y el regocijo del ahogamiento de los egipcios. No se alegren de su muerte,porque ellos tambien son mis hijos!

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