En el gran teatro del poder autoritario, donde todo se decide a puertas cerradas y nada tiene lógica fuera del control, siempre aparece una figura que no encaja. No es un general ni un oligarca, no tiene blindados ni tanques, pero perturba. No porque grite más fuerte, sino porque no se calla. Es la voz que no cuadra en el guion.
María Corina Machado encarna hoy esa figura: una mosca kafkiana en el palacio cerrado de la revolución. El poder la persigue, la censura, la borra de las boletas, le quita medios, le impone juicios absurdos y cadenas de prohibiciones. Y sin embargo, no logra aplastarla. Como en las páginas de La metamorfosis de Franz Kafka, la lógica se invierte, no es ella la que parece desproporcionada frente al sistema, es el sistema el que desnuda su naturaleza grotesca cuando gasta toda su maquinaria para aplastar a una sola persona.
En las dictaduras, los poderosos suelen temer menos a los tanques o barcos enemigos que a una sola conciencia libre. Y una conciencia libre, en medio de un régimen que vive del silencio, zumba como una mosca en un quirófano, pequeña, molesta, imposible de ignorar.
La fuerza de Machado no radica en tener el poder, sino en ser el recordatorio viviente de que el poder no es eterno. Cada medida que toman contra ella revela más sobre el miedo de quienes gobiernan que sobre su fragilidad. No es ella quien los amenaza directamente, son ellos quienes no toleran ni siquiera un zumbido que les recuerde que no controlan el aire.
En un país donde el aparato de Estado funciona como un laberinto kafkiano —juicios sin ley, elecciones sin candidatos, censura sin vergüenza—, esa mosca se vuelve símbolo. No porque pueda derribar al monstruo por la fuerza, sino porque lo expone. Y en política, exponer la mentira del régimen es la primera victoria.
El poder puede aplastar, pero no puede explicar por qué teme tanto a un insecto.
Y así, en medio de un régimen que pretendía silenciarla, la mosca kafkiana terminó haciendo más ruido que todo el aparato propagandístico del Estado. Cuando el mundo decidió concederle el Premio Nobel de la Paz, no fue un homenaje a una biografía personal, sino un reconocimiento al coraje que sobrevive incluso cuando todo conspira contra él.
María Corina Machado —la mosca— no levantó la voz para agradecerlo a embajadas ni salones diplomáticos. Lo dedicó a su pueblo, a esa nación que ha resistido el absurdo kafkiano con dignidad silenciosa.
Las dictaduras no caen con estruendo, caen con un zumbido que se vuelve insoportable.
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Tienes que escribir tu libro .. no dudo que será un verdadero Best Seller