En Estados Unidos los medios y sus opositores acusan a Trump de comportarse como un rey, mientras que en París la noticia es otra, se robaron una corona de verdad.
La paradoja no puede ser más simbólica. Mientras en Washington se discuten los límites del poder presidencial y se acusa a Donald Trump de soñar con una monarquía, en la capital francesa una pieza real desaparece bajo la mirada del mundo. Uno es acusado de querer coronarse, el otro país pierde su corona.
En ambos casos, lo que se debate no es solo el poder, sino la percepción de autoridad y decadencia. En Estados Unidos, el sistema político se enfrenta al dilema de contener o permitir la figura fuerte que parte de la población reclama. En Francia, el símbolo de su grandeza histórica se desvanece entre el caos social, las divisiones políticas y la inseguridad creciente.
Trump es el villano favorito del establishment, pero también el reflejo de una nación cansada del teatro institucional. París, en cambio, es la víctima de un saqueo que parece menor, pero que retrata algo más profundo, la pérdida del respeto, del orden y del peso de lo sagrado en una sociedad que ya no cree en nada.
Mientras unos temen que Trump se corone, otros ni siquiera pueden proteger sus coronas. Y en esa ironía se resume el momento histórico, un Occidente que se burla de sí mismo mientras el resto del mundo observa cómo sus viejos símbolos, reales o políticos, caen uno a uno.
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