En medio del ruido internacional por bandas criminales y crisis económica, en Venezuela también germinan semillas que apuntan en otra dirección, educación, sostenibilidad y resiliencia. Mientras el país lidia con su imagen externa erosionada por el crimen organizado, surgen iniciativas que pueden marcar la diferencia.
Una de estas iniciativas, es la creación de la primera carrera universitaria en Turismo Sostenible, un paso pequeño en apariencia pero estratégico en su alcance. Así como un Premio Nobel de la Paz puede simbolizar esperanza en medio de conflictos, un programa académico bien diseñado puede representar una oportunidad concreta de transformación, conservar recursos, diversificar la economía local, generar empleo estable y preservar cultura.
Mientras la narrativa dominante sobre Venezuela se centra en violencia, éxodo o colapso institucional, el lanzamiento de un programa universitario de turismo sostenible marca una ruptura, alguien está pensando en futuro. No se trata de improvisar sino de formar profesionales capaces de transformar recursos naturales en oportunidades económicas sin destruirlos.
El país posee uno de los patrimonios naturales más valiosos de América Latina, el Salto Ángel, el Parque Nacional Canaima, el Archipiélago de Los Roques, selvas, llanos y Andes. Pero ese patrimonio no se gestiona con discursos, se gestiona con conocimiento, planificación y conciencia. Esta carrera no vende ilusiones, forma capacidades.
Durante décadas el turismo venezolano fue sinónimo de hoteles de playa, improvisación y temporadas de carnaval. La sostenibilidad exige otra lógica, planificación territorial, protección ambiental, relación con comunidades y responsabilidad social. Formar profesionales en esta área es romper con un esquema obsoleto y construir uno que pueda competir internacionalmente.
El turismo sostenible no es turismo de élites, es turismo que involucra comunidades, hospedajes, gastronomía local, guías, transporte, cultura viva.
En un país con graves vacíos institucionales, contar con profesionales que puedan diseñar planes de ordenamiento turístico, evaluar impacto ambiental, articular desarrollo y conservación es una necesidad crítica. El turismo sostenible no se improvisa, se gobierna con datos, estrategias y visión de largo plazo.
En el siglo XXI ningún país se inserta exitosamente en el mercado turístico internacional si no respeta estándares ambientales, sociales y de gobernanza. Las certificaciones internacionales, las alianzas ecológicas y la inversión extranjera pasan por demostrar sostenibilidad real.
En tiempos de crisis, cuando sectores industriales y petroleros colapsan, el turismo sostenible puede ser una fuente flexible de ingresos, empleo estable y dinamismo local. No promete milagros, pero sí puede construir bases firmes para un desarrollo menos dependiente y más equilibrado. Es una respuesta silenciosa pero poderosa a la cultura del “no se puede”.
No todo en Venezuela es crimen organizado ni éxodo. También hay universidades que apuestan por futuro, docentes que diseñan programas con visión global, jóvenes que quieren quedarse para construir y comunidades que esperan alternativas reales. La creación de esta licenciatura no resolverá sola la crisis nacional, pero marca un camino diferente, el de la educación como motor de transformación y la sostenibilidad como estrategia, no como consigna.
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