Palestinos: Un Nombre, No Un Origen — Clave Para Entender el Odio a Israel

Un nombre impuesto, una historia muy diferente.

En la costa sur de Canaán, cuando el mar empujaba pueblos desesperados por hierro y tierras nuevas, llegaron desde el Egeo navegantes que no pidieron permiso. Se asentaron por la fuerza, levantaron murallas y tomaron ciudades que aún conservan nombres antiguos: Gaza, Ascalón, Asdod. La costa cambió de idioma y de dioses.

Los filisteos no araron la tierra que ocuparon: la sometieron. Eran invasores en un territorio de clanes dispersos, sin reyes ni fronteras claras. Con hierro fabricaron espadas y yugos. De la llanura subían sus tropas, imponiendo tributos y sometiendo aldeas. En esos collados empezó a escucharse el nombre de un pastor sin armadura, menor entre hermanos, que cambió la balanza con una honda y una piedra.

Cuando David venció a Goliat, no derrotó solo a un soldado gigante, sino a la idea de que el invasor podía borrar a quienes ya vivían allí. Los filisteos siguieron un tiempo más, hasta quedar absorbidos por imperios mayores: asirios, babilonios, persas, griegos, romanos. Nada quedó de ellos como pueblo distinto, salvo ruinas costeras y crónicas que los nombran como enemigos de Israel.

Siglos después, Roma sofocó la última rebelión judía y Adriano decidió borrar el nombre de Judea, reemplazándolo por Syria Palaestina. El título revivía un enemigo extinto, útil para romper la identidad de quienes decían: esta tierra es nuestra. Gaza quedó allí, cruzando imperios, rutas de comercio, califatos, otomanos, británicos. Las poblaciones cambiaron, se mezclaron, vinieron de tribus árabes, migraciones, conquistas.

En resumen, los palestinos de Gaza son el resultado de una mezcla histórica principalmente árabe, con raíces culturales y religiosas en la región desde hace más de mil años, pero no una continuidad directa de los antiguos filisteos ni otros pueblos que vivieron en la costa hace tres mil años o más.

Aunque los árabes llegaron siglos después, durante más de mil años hicieron de esta tierra su hogar, forjaron costumbres, ciudades y una identidad que se volvió parte del paisaje. Para ellos, la creación de Israel en 1948 no fue solo un nuevo Estado: fue la pérdida de aldeas, desplazamientos y la memoria de un pasado que se rompió de golpe. Por eso, para muchos, Israel sigue siendo visto como un intruso, aunque la historia demuestre que la conexión judía con esta tierra empezó mucho antes.

La agresividad de grupos como Hezbolá no se sostiene solo con cohetes o atentados. Se alimenta de una narrativa que presenta a Israel como intruso, ignorando que la raíz judía hunde más años en esta tierra que cualquier milicia o frontera moderna. Desde Líbano hasta Gaza, desde la AMIA en Buenos Aires hasta el 7 de octubre, el objetivo no es solo disputar un territorio, sino borrar la legitimidad de un pueblo que estuvo aquí mucho antes de que Roma cambiara nombres y decretos. La violencia es el eco de relatos que tuercen la historia para convertir al invadido en invasor. Pero la tierra, igual que entonces, recuerda quién llegó primero.

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