La respuesta es sí; pero después del 7 de octubre, la lección es que “no es suficiente con recordar, hay que actuar”.
La felicidad de los sobrevivientes es íntima, frágil, tejida con los hilos de la memoria y la resistencia. La de sus hijos es una felicidad heredada, reconstruida entre silencios, relatos a media voz y fotografías gastadas.
Pero ¿qué ocurre con la felicidad del pueblo judío como cuerpo colectivo, cuando el mundo insiste en recordarle que todavía hay puertas cerradas? Para entender esta pregunta, primero debemos aceptar una verdad incómoda: la historia del antisemitismo no comenzó ni terminó con el Holocausto. Ha mutado de rostro, de idioma y de bandera en cada época, pero conserva la misma raíz venenosa: deshumanizar al judío, negarle su derecho a pertenecer, a caminar sin miedo, a construir una vida plena.
En la Roma antigua, el judío era un extraño cultural, sospechoso por negarse a adorar a los dioses del imperio.
Durante la Inquisición Española, era un hereje, una amenaza para la pureza de la fe y la unidad cristiana.
Bajo el nazismo, se convirtió en una “raza inferior”, un enemigo existencial del proyecto ario.
Hoy, el antisemitismo muta otra vez: se disfraza de antisionismo y se presenta como una crítica política legítima, mientras en realidad niega a los judíos el derecho a un Estado, a una voz, a una bandera. Expulsiones de vuelos, vetos en restaurantes, bloqueos a cruceros judíos no son incidentes aislados: son la evidencia de un prejuicio persistente que se alimenta de viejos mitos con ropaje nuevo.
En julio de 2025, adolescentes judíos fueron expulsados de un vuelo en Valencia por cantar en hebreo; en Grecia, una embarcación con turistas israelíes fue bloqueada mientras manifestantes gritaban consignas violentas; en Roma y Atenas, comensales fueron obligados a abandonar restaurantes por portar kipás o identificarse como judíos.
En Boston, dos ciudadanos israelíes fueron asesinados a plena luz del día, un crimen que las autoridades investigan como ataque de odio; en California, familias fueron increpadas y desalojadas de un parque comunitario por desplegar una bandera israelí durante un picnic.
A lo largo de 2025, el antisemitismo ha dejado una estela de alerta global: en Boulder, Colorado, un atacante lanzó cócteles molotov contra manifestantes pacíficos que reclamaban la liberación de rehenes israelíes; en Washington D.C., dos empleados de la embajada israelí fueron asesinados cerca del Museo Judío, en un acto atribuido directamente al odio antijudío.
Massachusetts sigue registrando niveles alarmantes de amenazas, acoso escolar y vandalismo, que ya han desencadenado demandas legales contra instituciones educativas.
En Oakland, un padre y su hijo fueron expulsados de una cafetería por portar una gorra con la Estrella de David.
Y en Grecia, sinagogas, monumentos del Holocausto y cementerios han sido profanados con consignas antisemitas y pro‑Palestina.
Este panorama no es un eco lejano ni un vestigio del pasado. Es el presente. Un presente que nos recuerda que la memoria sola no basta. Que recordar no es suficiente si no se traduce en acción.
La lección que nos deja el 7 de octubre es clara: la lucha contra el antisemitismo es constante y requiere de nuestra participación activa.
No podemos permitir que el odio se enmascare en discursos políticos ni que la indiferencia sea nuestra respuesta.
La felicidad del pueblo judío, como colectivo, no se construye solo desde la memoria, sino desde la acción decidida contra toda forma de odio y discriminación.
Volviendo a la pregunta del título, la felicidad después del Holocausto para el pueblo judío llega en oleadas, nunca de forma continua ni definitiva.
Fue la creación del Estado de Israel un momento de júbilo y esperanza; sin embargo, ese respiro pronto se vio marcado por la Guerra de los Seis Días y la Guerra de Yom Kipur, conflictos que pusieron a prueba la supervivencia y la determinación.
Las tragedias no cesaron: el atentado de Múnich y la época de los secuestros de aviones sembraron miedo y dolor.
La heroica operación de Entebbe iluminó la resistencia, pero luego vino la Guerra del Golfo, cuando Israel fue blanco de misiles Scud mientras Estados Unidos pidió contención.
Y no solo fueron guerras en el campo de batalla; la profanación de cementerios y sinagogas demostraron que el odio persistía incluso en tiempos de aparente paz.
Así, la felicidad del pueblo judío ha sido una batalla constante, una alternancia entre la esperanza y la lucha, la memoria y la resiliencia.
Mientras en Gaza permanecen aún 50 rehenes bajo control de Hamas, y el presidente Macron convoca a la ONU para abordar la crisis, el veto a ONG incómodas para reconocer un Estado Palestino marca las complejidades políticas que persisten.
En Alemania, sin embargo, continúa un proyecto artístico cargado de memoria y humanidad: los “Stolpersteine” (Piedras del Tropiezo) de Günter Demnig.
Cada pequeña piedra de cemento, de apenas 10x10x10 cm, está incrustada en las aceras con una placa de latón que lleva grabados el nombre, fecha de nacimiento, destino y fecha de fallecimiento — cuando se conoce — de las víctimas del Holocausto que vivieron en ese lugar. Este sencillo pero poderoso acto de recordar invita a detenernos, a no olvidar, a ser conscientes de que la felicidad y la paz sólo serán posibles si la memoria se convierte en acción constante.
Porque el peso de la historia exige más que recuerdo; exige compromiso.
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