En 1965, la Iglesia católica dio un paso histórico con la promulgación de Nostra Aetate. Fue un reconocimiento de que otras tradiciones religiosas contenían semillas de verdad y dignidad humana.
Sesenta años después, este aniversario recuerda que la paz entre credos es una decisión política y espiritual.
Esa misma idea ya había sido practicada catorce siglos antes, aunque bajo una visión estratégica diferente. En el año 628, el Tratado de Hudaybiyyah marcó un giro estratégico para el islam naciente. Mahoma, enfrentado a sus adversarios paganos de La Meca, firmó un acuerdo de diez años. Históricamente, este tratado es interpretado por muchos académicos y movimientos políticos como una tregua estratégica (conocida como Hudna), una pausa temporal diseñada para consolidar la fuerza y romper la inestabilidad.
Esta interpretación de la tregua contrasta con el diálogo sin reservas propuesto por Nostra Aetate. Hoy, la principal pregunta no es si se pueden firmar acuerdos de paz (algo que ambas tradiciones aprueban), sino si esos acuerdos se conciben como una paz final y permanente, o como una pausa temporal revocable dictada por la coyuntura geopolítica
La conmemoración de Nostra Aetate reúne voces que buscan mantener vivo ese mensaje. Uno de los espacios más significativos es el Panel interreligioso “Nostra Aetate at 60, Celebrating the Legacy of Catholic-Jewish Relations in America”, organizado en Miami, que convoca a líderes católicos y judíos para reflexionar sobre su legado en un tiempo de tensiones religiosas.
Nostra Aetate surgió para abrir caminos entre religiones, promoviendo la dignidad y el valor inherente de cada fe. En contraste, mientras que Hudaybiyyah fue un acuerdo para sostener una convivencia temporal en medio del conflicto, su legado nos obliga a distinguir: ¿Buscamos una tregua estratégica y condicional que puede romperse (la visión Hudna), o la paz permanente e incondicional basada en el reconocimiento mutuo (la visión Nostra Aetate)?
Sesenta años después, el mensaje de Nostra Aetate permanece intacto: la paz verdadera es una elección de diálogo profundo, no una táctica de espera
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