El 7 de octubre de 2023, Hamás lanzó la llamada “Tormenta de Al Aqsa”, un ataque masivo diseñado para alterar el equilibrio geopolítico en Medio Oriente.
Para Teherán, patrocinador clave de ese eje, la operación debía ser un movimiento maestro, humillar a Israel, provocar un levantamiento árabe y exponer la fragilidad de Occidente. En el momento inicial, Hamás sorprendió al mundo al romper la frontera más vigilada de la región, desorganizando por horas a las fuerzas de defensa israelíes y golpeando psicológicamente a la sociedad de Israel como ningún otro enemigo desde 1973. Su ofensiva también reposicionó mediáticamente la causa palestina. Fue un éxito táctico, innegable, pero efímero, las guerras no se ganan en un primer golpe.
Irán apostaba a que la sociedad israelí colapsaría ante la conmoción, pero ocurrió todo lo contrario. Israel cerró filas, reforzó sus alianzas con Estados Unidos y socios europeos, y obtuvo legitimidad internacional para lanzar una ofensiva sostenida contra Hamás. Lo que debía ser un “Vietnam” para Israel se convirtió en un catalizador de unidad y fuerza militar. Dos años después, incluso voces dentro del régimen iraní reconocen que el 7 de octubre fue un “error”. No por simpatía hacia Israel, sino porque el cálculo estratégico falló. La operación desató una contraofensiva que desarticuló redes del “eje de resistencia”, fortaleció alianzas árabe-israelíes que Teherán buscaba evitar y expuso su vulnerabilidad frente a presiones económicas y diplomáticas. En vez de ampliar su influencia, Irán terminó más aislado y con menos margen de maniobra.
Para Teherán, Hamás era un instrumento de presión sobre Israel y Occidente. Hoy, ese instrumento se ha convertido en un problema. Su infraestructura está casi devastada, su imagen internacional erosionada, y los gobiernos árabes, incluso aliados tácticos de Irán, no quieren cargar con su peso político. Hamás pasó de ser un activo geoestratégico a un factor de desgaste. La “Tormenta de Al Aqsa” no desató la ola revolucionaria que Irán esperaba. No hubo levantamientos masivos en el mundo árabe ni colapso de los acuerdos de seguridad con Israel. Por el contrario, emergió un frente más coordinado contra las milicias aliadas de Irán, mientras la próxima cumbre en Sharm el-Sheij —con o sin participación directa israelí— evidencia que otros actores están diseñando el “día después” de Hamás sin consultarle a Teherán.
Las consecuencias para Irán y su eje regional fueron devastadoras, Gaza quedó destruida en un 80%, Siria cambió de rumbo y se alineó más con Estados Unidos, el eje Siria-Irán quedó profundamente debilitado, y la capacidad nuclear iraní sufrió pérdidas significativas. Pero el fracaso estratégico no es solo de Teherán y Hamás. También lo es de los movimientos, líderes y organismos internacionales que se lanzaron a acusar a Israel de genocidio sin cuestionar los hechos del 7 de octubre. Desde Greta Thunberg hasta Pedro Sánchez, pasando por UNRWA y otros actores que difundieron narrativas falsas, su postura contribuyó a distorsionar la realidad, legitimar errores y encubrir la responsabilidad de Hamas y sus patrocinadores.
Lo que debía ser un golpe maestro estratégico se convirtió en un desplome de influencia, poder y credibilidad. Hamás ganó visibilidad y perdió capacidad, Israel perdió inocencia pero ganó cohesión, y Teherán, que pretendía mover el tablero, quedó fuera de la jugada clave. El rugido que debía anunciar una tormenta estratégica terminó siendo, en realidad, el eco de un error calculado y la evidencia de una narrativa internacional atrapada en la falacia.
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Excelente análisis