Casi nadie recuerda el Emirato druso (1921–1936). Francia dividió Siria en mini-estados para contener la resistencia local. Así nació el Estado de Jabal al-Druze, alrededor de la actual provincia de Suwayda.
Para entender quiénes son los drusos hay que mirar más allá de la política. Su fe es cerrada y profunda: creen que la Verdad Divina se ha revelado a la humanidad una y otra vez, a través de guías escogidos. Moisés (Musa) es uno de esos pilares. Para ellos, la cadena arranca con Adán, pasa por Noé, Abraham, Moisés, Jesús y Mahoma, y culmina con el imán Al-Hakim bi-Amr Allah, un califa fatimí del siglo XI que representa la última encarnación de la Sabiduría Divina. En sus textos secretos, Moisés no es solo profeta de los judíos, sino uno de los cinco guardianes de la verdad que, siglo tras siglo, se revela poco a poco a quienes saben escuchar.
La tradición drusa también honra a Jetró (Shuayb), considerado un ancestro espiritual y guía sabio que ayudó a Moisés cuando este lideró al pueblo de Israel en el Éxodo. Jetró, sacerdote madianita y suegro de Moisés, lo acogió cuando huyó de Egipto, le dio hospitalidad y consejo. Más que un familiar, fue un guía político y espiritual que lo animó a delegar responsabilidades y organizar mejor a su gente. Para los drusos, Jetró representa la sabiduría ancestral que sostiene su fe y ética. Ese vínculo no es solo historia: es un puente vivo que conecta a los drusos actuales con sus raíces, donde la enseñanza, la justicia y el equilibrio espiritual siguen marcando su forma de resistir en un mundo incierto.
Los madianitas, a quienes pertenecía Jetró, eran un pueblo seminómada del desierto, descendientes de Madián, hijo de Abraham y Cetura. Vivían entre los valles del norte de Arabia y la región al este del Golfo de Aqaba, comerciando y pastoreando ganado. Aunque más tarde serían rivales de Israel, en la tradición bíblica Jetró es recordado como el sacerdote que ofreció refugio a Moisés y se convirtió en consejero clave para organizar al pueblo hebreo en su travesía por el desierto. En la fe islámica y drusa, Shuayb sigue siendo un símbolo de justicia, hospitalidad y guía moral.
En Oriente Medio, la idea de repartir la tierra según quién vive dónde y qué cree ha dejado cicatrices que no terminan de cerrar. Kurdos, palestinos, armenios… todos reclaman algo que se parece a una promesa que casi nunca se cumple: un lugar propio para estar a salvo. Entre esos pueblos casi invisibles, los drusos sobreviven en silencio, aunque su raíz es de las más antiguas de la región.
El Emirato duró apenas quince años, pero bastó para sembrar una memoria. Allí mandaban sus jefes tribales, cuidaban sus aldeas, levantaban banderas y pactaban con París. Fue en esas montañas donde estalló la rebelión de 1925–1927, la Revolución Siria, que comenzó en Jabal al-Druze y se extendió como fuego. El líder druso Sultan al-Atrash se convirtió en héroe nacional y símbolo de la resistencia contra el mandato francés. Aunque la revuelta fue aplastada, dejó un eco que todavía retumba en cada generación que aprende su nombre.
Cuando Siria volvió a unirse, el pequeño emirato se borró del mapa, pero quedó en la cabeza de cada familia drusa la certeza de que su tierra no se negocia tan fácil.
Con la guerra civil siria, los drusos —una minoría de unos 700.000— quedaron atrapados entre lealtad y supervivencia. Tradicionalmente pragmáticos, pactaron con Damasco para conservar cierta autonomía local y proteger sus aldeas. Sin embargo, esa neutralidad los convirtió en blanco de grupos extremistas y de los abusos del propio régimen. Suwayda se volvió un islote que no obedece del todo ni a Assad ni a los grupos armados. Quien no se alinea, molesta.
Los incidentes recientes en Suwayda, a inicios de 2025, obligaron a Israel a intervenir para contener la violencia y proteger comunidades drusas cerca de la frontera. En medio del caos sirio, Israel volvió a tender la mano a una minoría que, sin tanques ni aliados poderosos, confía en esa frontera sur como último salvavidas. La tensión es clara: una comunidad sin fuerza militar ni respaldo internacional para separarse, pero que tampoco acepta ser tragada sin chistar.
Al otro lado de la frontera, en Israel, unos 150.000 drusos viven como ciudadanos de pleno derecho. Sirven en las Fuerzas de Defensa, patrullan con uniforme y bandera. Para muchos, Israel es garantía de existencia: mejor estar dentro de un Estado que ofrece armas, escuela y respeto a su fe, que ser devorados por la guerra sectaria de un régimen que nunca deja de vigilar.
Cuando se habla de dos Estados en Palestina —y sí, claro que los palestinos merecen uno—, casi nadie menciona a los drusos. No hay conferencias ni resoluciones internacionales que reclamen su independencia. Porque un Estado no se sostiene solo con historia o religión, sino con fuerza y aliados.
El viejo Emirato quedó como un recuerdo, pero la chispa sigue viva. Suwayda protesta y repite que no quiere más abusos. Saben que la voz sola no basta si no hay tanques. Así que siguen ahí, aferrados a sus montañas. Y un poco más al sur, otros drusos patrullan con un rifle y la bandera azul y blanca.
En esta tierra, no todos tienen Estado, pero todos tienen memoria. Y los drusos, que aprendieron a resistir entre imperios, dictadores y fronteras trazadas con regla, saben que la autonomía se negocia cada día, aunque la frontera cruce la misma colina donde ya estaban sus ancestros antes de que alguien pusiera un nombre en el mapa.
Hoy, la solidaridad entre drusos e israelíes es un lazo tejido por la historia compartida y la urgencia de protegerse. Ciudadanos comprometidos, valores comunes y la búsqueda de un refugio seguro sostienen una alianza que va más allá de la política. En medio de un territorio impredecible, ambos encuentran en esta relación un espacio para seguir siendo quienes son.
¿Un Estado para los drusos? La historia y la realidad muestran que, aunque la idea tuvo raíces y bandera alguna vez, hoy es más un recuerdo que una meta viable. Sin fuerza militar ni respaldo internacional, esta comunidad ancestral sobrevive aferrada a su autonomía local y a alianzas estratégicas, como la que mantiene con Israel. Su lucha es existir, cuidar lo que son y asegurar un rincón donde su voz no se apague. Y mientras Israel y Siria —con ayuda de Estados Unidos— exploran una frágil mesa de negociaciones de paz, muchos drusos miran con esperanza: tal vez la estabilidad que nunca llegó abra la puerta no solo para proteger su tierra, sino para que Siria, algún día, se sume a los Acuerdos de Abraham y deje atrás la guerra
Esta entrada se ha leído 109 veces
