Un Viaje por los Juegos y Juguetes Venezolanos

Una tarde, mientras esperaba a alguien, saqué un mazo de cartas y me puse a jugar solitario. Cuando la persona llegó con su sobrino, el niño, asombrado, me preguntó; “¡¿Y tú puedes jugar solitario sin computador?!”.

Ese momento me hizo reflexionar sobre los juegos tradicionales: aquellos que no dependen de la tecnología. Son los que podemos crear con nuestras propias manos o con recursos sencillos que encontramos en casa. ¿Cuántos de nosotros no añoramos esos tiempos en los que jugábamos al aire libre en la calle hasta que el sol se ocultaba, regresando solo para la cena? Los niños de hoy, acostumbrados a Disney+, internet o la Play, a menudo se aburren sin pantallas y desconocen la simple alegría de construir una perinola o un gurrufío para pasar el rato.

Perinola: La Reina del Patio
La perinola es, sin duda, la joya de los juegos venezolanos. Aunque su origen es un misterio que se pierde en diversas culturas, en Venezuela es un ícono. Compuesta por una cabeza y una base unidas por un cordel, la perinola tradicionalmente se fabricaba de forma artesanal con latas vacías, palos o madera tallada; hoy las encontramos de plástico.

Cuando el inconfundible “toc-toc” de la perinola empezaba a resonar por los vecindarios, era la señal para correr al kiosco más cercano a comprar la tuya. El juego comenzaba con la “cucharadita”, donde el cordel largo permitía que la cabeza diera una o dos vueltas antes de ensartar en la base. Luego, el cordel se acortaba, aumentando la velocidad y la destreza necesaria para impulsar la cabeza con el pulgar en un frenético vaivén. Los más expertos podían lograr más de 25 ensartadas en solo 30 segundos. ¡Una verdadera proeza!

Trompo, Yoyo y Gurrufío: Giro y Precisión
Otro clásico es el trompo, con su forma torneada y su punta metálica. La clave está en enrollarle un cordel y lanzarlo con habilidad para que “bailara” sobre su propio eje. El desafío era mantenerlo girando el mayor tiempo posible dentro de un área marcada en el suelo.

Por temporadas, llegaba la fiebre del yoyo. Con sus dos tapas circulares y un eje central donde se enrollaba el cordel, era el rey del “sube y baja”. Tradicionalmente de madera, luego llegaron los que se iluminaban al girar. Recuerdo que en mi época, la cúspide era conseguir los yoyos de Coca-Cola blancos con rojo o los de Fanta. Pero si la suerte te sonreía, ¡el yoyo Coca-Cola negro con rojo era lo máximo!

El gurrufío es otro ejemplo de ingenio casero. Una simple lámina circular (de madera, lata o incluso una chapa de refresco aplastada) con dos agujeros por donde pasaba un cordel. Lo hacíamos artesanalmente con una chapa de refresco, un martillo y un clavo. Dando unas vueltas al cordel entre los dedos índices, el disco giraba vertiginosamente al estirar y aflojar. ¡Ahí comenzaba la diversión! Incluso organizábamos “guerras de gurrufíos” para ver quién lograba cortar el cordel del contrincante.

Metras y Cuerdas: La Calle Como Tablero
Las metras eran el tesoro de cualquier niño. Bolitas de barro, vidrio o porcelana que se hacían rodar para chocarlas entre sí. Las “normales” eran de vidrio, las “chinas” de porcelana blanca con marcas azules y rojas, y las “bolondronas” ¡el doble de grandes! Se jugaba haciendo un círculo en el suelo donde cada participante colocaba su metra. El objetivo era impactar las metras del oponente y sacarlas del círculo desde una distancia determinada para “ganárselas”. Otra modalidad era una especie de golf, donde debías embocar tu metra en un hoyo prefabricado. ¡Y si te ganaban todas las metras, no faltaba el lamento: “¡Me las rucharon!”!

En los recreos escolares, las competencias de salto de la cuerda eran un clásico. Dos participantes giraban la cuerda mientras los demás saltaban. Quien tocara la cuerda era descalificado. La velocidad de giro aumentaba gradualmente, buscando que los participantes se enredaran en la cuerda. Este juego, junto con el hula-hula, era favorito de las niñas, aunque todos se unían a esta divertida y ejercitante actividad.

Un Tesoro de Recuerdos
El tiempo es corto para nombrar todos los juegos que nos hicieron volar la imaginación: la ere, Palito Mantequillero, el escondite, ladrones y policías, quemado, el ahorcado, stop, la vieja… solo mencionarlos nos transporta a nuestra infancia, a los pasillos del colegio, a nuestros compañeros y profesores.

Estos juegos son más que un pasatiempo; son la esencia de una cultura, un legado que nos recuerda la alegría de lo simple y la magia de crear diversión con lo que tenemos a mano. ¡Es hora de desenchufarnos y volver a jugar!

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